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LA VIDA DESAPACIBLE DE JOSEPH ROTH

Joseph Roth (1894- 1939), de familia de origen judío, aunque él no fue practicante, nació en Brody, un lugar entonces del Imperio Austro-Húngaro, que tras diversos avatares, hoy es parte de Ucrania. Roth estudió en su pueblo natal y poco después en Viena, capital de esa “Monarquía dual” que, en su juventud, no le gustaba y que después nunca dejó de añorar.  De ideas cercanas al socialismo, cuando ya exilado (en 1926) Roth hizo un viaje a la URRSS, enviado por un periódico alemán, le desengañó y mortificó tanto lo que vio allí, que se volvió anticomunista. Esas experiencias fueron escritas aquel mismo año, en un libro titulado “El profeta mudo”, que sólo se publicó en 1956. Su anticomunismo es total, precisamente porque se sintió muy cercano a esa ideología. Durante la 1ª Guerra Mundial, sirvió en el Ejército Austríaco, aunque estuvo más bien en oficinas. Al caer (tras esa guerra) el Imperio Austro-Húngaro y la Monarquía Dual a fines de 1918, Roth no tardó en exilarse a Alemania. Creyó -como otros muchos- que se había quedado sin patria y en esa actitud triste perseveró. Echó de menos el amplio mundo -con todos sus defectos- de la monarquía de los Habsburgo.

En Alemania (donde vivió casi siempre en hoteles o medianas pensiones) trabajó como periodista y corresponsal para al menos dos distintos periódicos en Berlín. Ello le llevó a numerosos viajes, que no le impidieron empezar su notable carrera de narrador, en cierto y buen realismo objetivo, con “La Rebelión” de 1924. Una buena selección de sus artículos de los años 20 y 30 es el tomo que acaba de publicar Acantilado: “Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras”, en traducción de Miguel Sáenz.  Es el libro de un notable escritor, que sabe que puede ejercitar el estilo y la visión propios, también en el periodismo. Pero siguió escribiendo narrativa, a veces con éxito. Pero como Stefan Zweig, fue de los autores que no volvió a tener una patria, porque la había perdido. Eso llevó, al hombre a veces introvertido que era Roth, al alcoholismo, a causa del cual (y de un infarto anterior) falleció en París en septiembre de 1939, con “delirium tremens”. Dejó una última novela, que no poco tiene que ver con el tema. “La leyenda del santo bebedor”.  En París vivió mucho tiempo como exilado, en la rue de Tournon, después de haber tenido que abandonar Alemania en 1933, bajo la amenaza nazi, y poco después Viena ( a donde volvió fugazmente) tras el asesinato político del canciller Dollfuss en 1934…Volvió y se quedó en París, amargo por esa vida truncada,  pero escribiendo -en un periódico alemán en la capital francesa- además de su obra literaria. Entre sus no pocas novelas y crónicas, cabe destacar: “Fuga sin fin” (1927), “La Marcha Radetzky” (1932) -con el nombre de la muy famosa marcha militar austrohúngara- “Confesión de un asesino” (1936), donde en un café de París confiesa y explica sus crímenes el hijo ilegítimo de un príncipe ruso, y luego “La Cripta de los Capuchinos” (1938) que es el lugar de Viena donde están enterrados los emperadores Habsburgo y que se considera como un apéndice notable de “La Marcha Radetzky”. El alcoholismo, la soledad, el fin del mundo que había vivido, la vulgaridad de esa Europa que nacía, acabaron con Joseph Roth, un gran escritor de la Europa Central. Los artículos del hombre que tanto vivió en hoteles y no tuvo hogar, merecen bien la pena. Todos somos hoy un poco Roth. ¿No se desmorona el mundo que antes amamos?


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