Decadencias
LA SOMBRA DE LORCA
Philip Levine (1928) nació en Detroit, judío de una familia de origen ruso que huyó de los pogromos zaristas, y hoy pasa por ser uno de los grandes poetas vivos de EEUU. Es poeta laureado de su país, y su primer libro, “On the Edge” apareció en 1961. Andrés Catalán ha tenido la idea de antologar y traducir los no pocos poemas de tema directamente español (en menor medida hispánico) que aparecen en los libros de Levine. Hagamos un poco de historia: la familia de Levine se sentía partidaria de la derrotada República española y hay una simpatía que el hijo
hereda hacia anarquistas como Durruti o Ascaso. Además Levine descubre joven a un poeta que le fascina, García Lorca. Ambas realidades le llevan a ir aprendiendo español (ha traducido al mexicano Jaime Sabines y a
Gloria Fuertes) e incluso a vivir un año cerca de Barcelona, en Castelldefels, en 1965. Desde allí viaja, sobre todo, al Levante y a Andalucía. Por eso la antología –tomando el título de un poema- puede llamarse “La búsqueda de la sombra de Lorca” (Visor). Claro es, la España de la que el poeta tiene una
directa experiencia era la España franquista aún, ya en los inicios del desarrollismo, pero con evidente represión. Los poemas más directos de Levine sobre España son poemas muy lejanos a la actualidad. El país ya no es así, pero no deja de llamar la atención que alguien que se dice amigo de lo español y que en verdad lo es, no deje de constatar tópicos de la pobreza o cerrazón de cierta España (mujeres de luto, campesinos de manos callosas) no viendo otras cosas que también había…
El tema pudo empezar con la visión romántica de España: había que sacar bandoleros, posadas de mala muerte y gitanas de ojos ardientes, aunque también hubiera palacios. El francés Merimée, amigo de la condesa de Montijo, y luego de su hija la emperatriz Eugenia de Francia, viajó por España sin salir de veladas aristocráticas o palaciegas, pero le interesó o miró con preferencia la España popular, la de “Carmen”, la cigarrera de Sevilla, con faca en la liga. Salvas las distancias a Levine le ocurre lo propio, quiere a España pero se complace en ver sobre todo lo sórdido y feo. Por eso ganan muchos los poemas en que se alude a España pero el país no es el tema central, como en los poemas más densos (y mejores) de los años 90. Mención aparte merecen los poemas sobre los anarquistas abatidos –aunque el tema vaya quedando lejos- o las diversas evocaciones de Lorca, de Antonio Machado o incluso (más lateral) de Miguel Hernández. Todo sigue sonando a tópico ilustre, pero ahora importa menos. Curiosamente parecen más vivos el poema dedicado a César Vallejo que muere en París (“Piedra negra sobre nada”) o “Para los poetas de Chile” escrito a la muerte de Víctor Jara, al inicio del golpe de Pinochet. Levine es un buen poeta cuando siendo directo se hace más denso (la segunda mitad del libro) pero llama la atención que su viejo amor a España no le haya mudado una mirada, cierta antes, pero que afortunadamente se ha quedado obsoleta salvo como documento. Persistencia del romanticismo muerto.
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