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La poesía de Caballero Bonald. Premio Cervantes 2012.

Aunque empezó como poeta (“Las adivinaciones”, 1952) y siempre lo ha sido y lo es, en crecida, hubo un tiempo –mediando los 70 pasados, cuando yo conocí a Pepe Caballero en amistad de noches madrileñas- que muchos lo tenían más por el autor de “Agata, ojo de gato”, un narrador con éxito exquisito. Pero llegó “Descrédito del héroe” (1977) y Caballero Bonald volvió a fulgir como uno de los poetas notables de su buena generación, en un estilo más que suyo: La palabra cuidada de la vida (pues en Caballero hay un poeta vitalista, un amador de lo real y sus cuitas) que se amalgama con la palabra pura, con la palabra sólo raíz de significante, o con lo sentencioso y a ratos presocrático actual, que produce (a mi entender) la poesía mejor de Pepe Caballero Bonald.

Pepe –las cenas con los tocinos de cielo que él mismo hacía,el tiempo de su casa con los hijos rubios- era de siempre uno de los altos poetas de su generación: Gil de Biedma, Brines, Valente, Ángel González, José Agustín, y ahí estuvo, más que digno, hasta inclusive en los herméticos poemas en prosa, llenos de su sonoridad verbal, de “Laberinto de Fortuna” (1984); pero puedo y debo decirlo así: apartir de “Diario de Argónida” (1997) la poesía de Caballero Bonald se encima a sí misma. Se troquela en perfección, se acrece… El poeta (en los bordes de una vejez sabia) sufre un rejuvenecimiento no frecuente: su voz lírica se eleva y se adensa y los poemas se alzan (y mucho) en sabiduría y  belleza. Son poemas que el lector lee en la fascinación de su letra, pero asimismo en la fascinación de un contenido de filósofo griego lleno de una hodierna sabiduría, plenamente inconforme y rebelde. Siempre contra el Poder, como el propio Pepe –con cierta sonrisilla mefistofélica- reclama justamente a menudo. (“De ciertos lastres adheridos/ a las penumbras de la adolescencia,/ me llega todavía como el rastro/ de un estruendo de aguas/ iracundas…”) Caballero Bonald, auticalificado de infractor en otro muy buen libro –“Manual de infractores”, 2005- se vuelve el poeta más joven de su generación, sabiendose viejo, pero sólo con la justa nostalgia por el tiempo abolido. Es un rebelde, un alentador del descontento, un Diógenes atildado, que va dando la razón a los insumisos, con una poesía que gana grados y que no permite ni una concesión a la facilidad, aunque tampoco se complazca ya, en absoluto, en la oscuridad gratuita.  ¿Se podría decir que la más alta poesía de Caballero Bonald es esta que, él mismo, proclama el fin de su carrera literaria, lo sea luego o no? Sin duda. En 2007 vuelve a recoger su poesía unida con el título ahora de “Summa vitae”, pero no ha concluido. Siguen “La noche no tiene paredes” (2009) y el libro que declara broche último, esa sorprendente y honda y muy viva autobiografía en verso o en único poema lleno de quiebros, matices, himnos, relatos y reflexiones que es “Entreguerras”, publicado a principios de este año mismo. (“Ese instrumento triste que perfora la condenada escoria de la vida/ y un caballo negrísimo que galopa detrás…”)  Suele decirse –pero no es muchas veces verdad- que la poesía es un don de juventud. En realidad todo gran arte es un don de madurez, llegue esta cuando llegue; y no sin un cierto relámpago de feliz sorpresa, la mayor madurez le ha llegado a José Manuel Caballero Bonald con la vejez asumida y lúcida, sagazmente travestida en el pensamiento –y en la palabra lírica- de una juventud escritural estupenda y honda en su brillo, honda sin perder barroco, pero sin muerto peso de rocallas inútiles. Acaso Caballero Bonald sea ahora mismo (y es mucho decir) el poeta más vivo, más cáustico, más inquietador de su generación. No sólo entre los tres mejores –no siempre fue tan claro- sino indiscutiblemente el más pesquisidor del lenguaje y el más perturbador de todos. De nuevo zigzagueos: poeta de fondo muy clásico travestido en un lucidor barroco. (“Únicamente soy / mi libertad y mis palabras.”) Ha recogido de nuevo toda su poesía en el tomo “Ruido de muchas aguas” (2011). Quedaba este último poema largo, que es –en verdad- como un acorde triunfal, no vida en claro, sino vida en lucha, vida siempre turbamulta. (“¿Se arredra el arrogante corazón del tigre/ cuando el hambre lo arrastra/ hasta el peligro?”)  Dice un aforismo griego : “El león viejo es más fuerte que los ciervos jóvenes”. Pepe Caballero ha mantenido la agilidad del verbo con el pensar decidor del león hastiado de Imperios.


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