Imagen de artículos de LAdeV

Ver todos los artículos


LA NOVELA DE LA COSTA AZUL

Excelente título para un artículo, si un poco menos excelente para un libro ameno y notable. El libro de Giuseppe Scaraffia que ha editado Periférica, debiera acaso haberse titulado “Diccionario de la Costa Azul”, pues todo el rico mundo de arte, literatura y excéntricos del que da cuenta, en fragmentos bien construidos, está organizado  en forma de diccionario no alfabético, sino cronológico, de lo que ha sido ese paraíso de la “Côte d’Azur” francesa desde comienzos del siglo XIX. Pueblos y zonas que van desde Menton  a Marsella, pasando por los míticos Montecarlo, Villefranche -sur-Mer, Niza, Antibes, Juan-les-Pins, Cannes o Saint-Tropez… Es obvio que la Costa Azul atrajo por su buen clima, su belleza einicialmente su moda antiurbana (pero moda) y su soledad. Son los años de entreguerras en el siglo XX sin duda la edad de oro de la Costa Azul, y es cierto que hoy (como todo) no es lo que fue, pero los españoles debiéramos escarmentar mirándola, pues aquí un horrible turismo de masa, hosco y chusco -especialmente británico- ha destruido nuestra Costa del Sol, mientras que la Costa Azul (aún sin los mitos y raros que sustentan este libro) sigue siendo un lugar selecto y muy cuidado , de donde echan a los vándalos de Manchester…

Dentro de cada pueblo o villa y por orden cronológico, Scaraffia nos llena de estampas literarias -más cortas o largas, en general breves- de muchos de los que pasaron por allí, a menudo como tantos en el XIX, buscando clima benigno para males que se aproximaban a la tuberculosis. Luego vino ya (con los felices 20) la huida y la fiesta, que no se contraponen. Gide, Malraux, Wilde, Picasso, Coco Chanel, Cocteau, Chéjov, Klaus y Erika Mann, Blasco Ibáñez, los Fitzgerald (Scott y Zelda) todos pasaron temporadas en algún lugar de la Costa Azul.  El gran Aubrey Beardsley          -cada vez más católico- fue a intentar curarse, pero Françoise Sagan en 1957 – joven novelista de moda y jugadora compulsiva- no salía de Montecarlo. El propio Chéjov (que asimismo buscaba cura) en días desesperados, había llegado a decir: “Si el trabajo me va mal, me voy a Montecarlo y me juego hasta la camisa.”. Cocteau, que llegó a necesitar ocho pipas diarias de opio, vivía en Villefranche (al final pintó la capilla) rico y sin un céntimo. Diría: “Sólo tengo como amigos a mujeres riquísimas y a chicos muertos de hambre.” Allí vivió con su último amante, Édouard Dermit, que sería su heredero.

En Cap-Ferrat tuvo una espléndida villa y mucha servidumbre (“Villa La Mauresque”) el archifamoso novelista británico Somerset Maugham. Un best-seller mundial, que ocultaba en opulencia -que algunos llamaban tacaña- sus amantes masculinos (tenía miedo a “salir del armario”) y su extendida sensación de fracaso, pese al éxito, que enmascaraba con cinismo. Matisse, Paul Eluard, Dalí y Gala, Camus… Pero antes también Merimée o Maupassant, claro que aún en tiempo más discreto. El éxito está asegurado donde el buen clima y la

tolerancia permiten vicios, por lo general menores, al menos desde la mirada de hoy. Libro casi inagotable, “La novela de la Costa Azul” sabrá a poco a la mayoría…   


¿Te gustó el artículo?

¿Te gusta la página?