Decadencias
La muy sutil Dickinson
En España la gran Emily Dickinson (1830-1886) nos es familiar desde hace mucho tiempo. Baste decir que era –lógicamente- uno de los iconos sacros de JRJ (que algo la tradujo) y que, modernamente, muchos poetas , admiradores a la distancia que se quiera, se han bregado en múltiples antologías bilingües: Lorenzo Oliván –PreTextos- , Manuel
Villar Raso –Hiperión- o Amalia Rodríguez Monroy –Alianza- por referirme sólo a los más conocidos. Ahora el poeta cordobés José Luis Rey (que no se siente lejos de Dickinson) acaba de publicar en un tomo extra de Visor, otras “Poesías completas”, bilingües asimismo, de la extraña dama de Amherst, desconocida en su tiempo, recluida prácticamente siempre en su casa, vestida enteramente de blanco en los últimos tiempos, y que sólo publicó en vida –y sin resonancia- cinco poemas, de los 1775 que hoy componen la totalidad singular de su lirismo.
Solterona extraña y en parte modelo externo de la imagen de la poetisa decimonónica, su interior era otra cosa. En la dama norteamericana de Nueva Inglaterra, se abre la poesía moderna en inglés, llena, saturada, de una sensibilidad extrema y extremada, que le hace redactar este sencillo y espiritual epitafio: “Called back”. Me llaman para volver. Me llaman para que regrese. Dickinson es la hiperestesia aguzada hasta la aparente pérdida de la razón, lo que le permite tener una visión e intuición de las cosas, más que humana. “Deja que mi primer conocimiento sea de ti/ Con la cálida Luz de la mañana-/ Y también mi primer Temor, no sea que los Desconocidos/ Te devoren en la noche-“. Llena de guiones y cesuras que crean ritmos y significados nuevos, tanto como de mayúsculas inesperadas, todo ello no lo entendió el único lector que Emily tuvo en vida, el señor Higginson, un poeta regular que juzgó torpezas lo que era una novedad absoluta, que implicaba quiebros rítmicos nuevos, se me ocurre como la prosa retorcida, a veces, de Juan Ramón. Hay traductores (como en el caso de los sonetos de Miguel Ángel Buonarroti) que tratan de limar asperezas y corrigen a Dickinson hacia lo regular, como al Miguel Ángel de piedra tallada se lo puede volver petrarquista, que no fue. No vale, “embellecer” a Dickinson porque la falsa regularidad la priva de un genio propio que le
hacía temblar, líricamente tremante ante infinidad de sensaciones que otros no captan. José Luis Rey es fiel en este sentido primordial, ni trata de oscurecer a la dama solitaria, ni (mucho menos) volverla “normal”, desoyendo el nuevo ritmo que trajo al poema. “Una Carta es un gozo de la Tierra-/ Que está negado a los Dioses-“ Por supuesto Emily Dickinson es una poeta más alta que Carolina Coronado o que Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ellas (con suspiros y amores, también más moderna, Alfonsina Storni) dieron la imagen de la “poetisa”, palabra natural a nuestro idioma –decimos “emperatriz” y no “emperadora”, fuera del flamenco- que sin embargo las poetas de ahora mismo rechazan por femenina y no feminista, por no igualitaria. Bien. Lo aceptamos, pero si una poetisa es Emily Dickinson, genial, nada importaría ser poetisa, “poetiso” o poeta. Los poemas valen. Son espléndidos.
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