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EN LA MUERTE DE JESÚS PARDO (DE SANTAYANA)

Jesús Pardo de Santayana (pero en literatura sólo usó Pardo) nació en El Sardinero santanderino -entonces la zona chic de la ciudad- en mayo de 1927.  Una familia de prosapias cántabras, de la que Jesús terminaría por ser la oveja negra. Ha muerto en Madrid hace tres días, recién cumplidos pues los 93 años.Durante muchos años (un poco altivo, medio dandi, loco y peculiar) Pardo fue un conocido periodista, lleno de múltiples intereses culturales, y un buen conocedor de lenguas poco habituales, las escandinavas por ejemplo. Jesús vivía en Madrid desde 1948, pero desde los primeros 50 fue corresponsal de la agencia EFE en Londres. La capital británica cambió mucho a Pardo -aunque no sus intrínsecas rarezas- pues lo alejó del Régimen, moderadamente, y junto a miles de artículos empezó a escribir libros periodísticos y a traducir. Entre esas traducciones -entonces muy nuevas- destaca en 1960 (publicada en Adonáis) «Los cantos pisanos» de Ezra Pound.  Dicen que en Londres llevaba una vida de bebedor golfo, y en su casa se quedaba -cuando pasaba por allí- César González Ruano, de quien Pardo me contó muchas y felices escabrosidades. Después de marchar de Londres y ser corresponsal de varios periódicos en varias ciudades, Jesús Pardo volvió a Madrid (siempre peculiar y raro, con su voz como impostada) donde vivió varios años en la reciente Ciudad de los Periodistas. 

En realidad la vida literaria de Pardo (que empezó con claro éxito) se abre en 1982, con la novela no poco biográfica -sobre la gente bien de Santander- «Ahora es preciso morir». A la que siguió en parecida línea, ya en 1984, «Ramas secas del pasado». Para no pocos, esas son las obras maestras de Jesús Pardo, que desde 1987 abandonó el periodismo, para dedicarse sólo a la literatura y a su gran cultura- Yo conocí a Jesús (y enseguida intimamos) en el otoño de 1985, en el viaje a Venecia en autobús que organizó el querido José María Álvarez, como homenaje a Pound. Junto a su tumba  en la isla de San Michele, Jesús Pardo leyó en inglés fragmentos de los «Cantos pisanos» en una neblinosa mañana. En esos días venecianos, Jesús Pardo, Carlos García Gual y yo formamos un trío inseparable. Que se continuó en Madrid ( en el desaparecido Café Roma) hasta que  -nunca supe el motivo- Jesús se distanció por entero de García Gual, Decía que era un hombre tonto que, eso sí, sabía mucho griego.  A mí en Venecia, con su tono cordial y redicho, Jesús me confesó que él estaba terminando su vida. Quería escribir un «gran libro» sobre Trajano y después suicidarse. El libro sobre Trajano quedó en una obra menor («Yo, Marco Ulpio Trajano» de 1991) y de suicidio nada. Le pregunté a Pardo con quien siempre tuve buena relación, y muy serio me contestó que no había habido suicidio -que respetaba mucho- porque él había vuelto a ser católico. A partir de esos años, publicó muchas traducciones y libros muy varios (poesía incluida, «Gradus ad mortem» de 2003) aunque cada vez con menos resonancia. Quiero recordar «Aureliano, el emperador que se hizo llamar Dios» de 2001. O su novela última -hubo más, por supuesto- «Rojo perla» de 2014. A partir de ahí apenas lo vi y -dicen- había perdido un poco la cabeza. Tuvieron notoriedad sus tres tomos de memorias, sin pelos en la lengua, pero sobre todo el primero, «Autorretrato sin retoques» de 1996. Siguió «Memoria de memorias» (2001) un libro algo farragoso lleno de nombres ya olvidados, recontando su vida periodística, y finalmente «Borrón y

cuenta vieja» de 2009.  Extraña y curiosamente, pese a su enorme curiosidad y su gran cultura, la fama de Jesús Pardo más bien decaía-salvo cortos momentos- y no aumentaba. Lo quise  y siempre me llevé bien con él (quedábamos para almorzar), aunque hacía al menos dos años que nada sabía de él, sino su vejez y su silencio.  Jesús Pardo tendrá que ser un merecido y noble raro de nuestra literatura. Me pidió que escribiera su obituario para el tercer tomo de sus memorias y lo hice, pero no lo utilizó . Su muerte literaria y ficticia ocurría en su biblioteca, al caerse y morir aplastado por el tropel de libros…  Adiós, querido Jesús, y muy buen viaje. (Recuerdo que Cela me contó que en el Café Gijón de los muy primeros 50, el señorito Pardo, tenía fama de «invertido». Cela se lo preguntó una tarde. Y Pardo contestó: No, Camilo. Me gustan mucho las mujeres, pero por favor, no se lo diga a nadie. Ser gay era mucho más chic.)


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