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EN LA MUERTE DE FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS

Conocí al profesor Adrados (como se le conocía en la Facultad) cuando yo estudiaba segundo de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, año 1969. Es posible que ya hubiera leído alguna cosa suya   -traducciones del griego, sobre todo- pero la memoria se empeña en retener la imagen, como quebrada al andar, de un profesor (Catedrático de Griego) que pasaba por muy sabio y un tanto malhumorado- En ese curso especialmente, mi Facultad tuvo un auténtico cúmulo de grandes helenistas: Desde mi admirado y amigo -como maestro- Manuel Fernández Galiano, hasta el propio Rodríguez Adrados, pasando por José Lasso de la Vega -con quien pensé hacer una tesis que no hice sobre “Luis Cernuda y el mundo clásico”- o Luis Gil, autores de un libro,“Introducción a Homero” recomendado en los cursos de griego en el colegio, en PREU, en 1968. La relación entre todos estos grandes maestros no era siempre buena y como Lasso no se llevaba bien con Adrados, yo tomé el partido del primero. Muy breve: Lasso amaba la literatura y Adrados amaba mucho más la lingüística. Asistí a algunas clases del geniudo Adrados aunque nunca me tocó como profesor -lo evité probablemente- y hubieron de pasar años para comprender la ingente tarea filológica de este hombre, de mirar algo enfadado, a quien yo en plan de jovencito frívolo, apodaba en la Facultad, “una gran inteligencia en zapatillas”. Fui injusto pese a la admiración como lo son los jóvenes… Tuve (ya al final) buena relación de correos con Adrados a raíz de alguna reseña mía a alguno de sus libros. Nos acordábamos del remoto tiempo universitario, cuando todo parecía andar mejor para la hoy bárbaramente ninguneada Filología Clásica.

Francisco Rodríguez Adrados nació en Salamanca en marzo de 1922 y allí hizo sus estudios, licenciándose en Clásicas en 1944. Poco después empezaron sus publicaciones muchas y variadas sobre lengua griega, indoeuropeo, traducciones de clásicos helenos, escritos sobre historia y literatura y al fin artículos periodísticos, siempre en defensa del humanismo. Aunque miembro de la RAE desde 1991, Adrados es mucho menos un escritor que un gran investigador y filólogo. Sus libros entretienen menos que llanamente enseñan. Estuvo activo hasta hace poco más de dos años, presidente de honor de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, Adrados murió ayer en Madrid, pocos meses después de haber cumplido 98 años.  También fue académico de la Historia (desde 2004) y miembro de la Academia de Atenas, pues el gobierno griego le concedió la Orden de Honor Griega por sus estudios sobre esa lengua a la que él demostró un siglo más de antigüedad. Sería imposible reseñar la ingente obra de Adrados, en general más para estudiar que llanamente para leer, pero citaré quedándome corto: “Estudios sobre el léxico de las fábulas esópicas” (1948), “Introducción a Teognis” (1957), “El descubrimiento del amor en Grecia” (1959), un muy bello libro con otros varios profesores notables, “El héroe trágico y el héroe platónico” (1962), los dos sesudos volúmenes de su “Lingüística estructural” (1969), la gran obra “Fiesta, comedia y tragedia. Sobre los orígenes griegos del teatro” (1972), los de nuevo dos grandes volúmenes de “Lingüística indoeuropea” (1975), “Orígenes de la lírica griega” (1976),  su gran “Diccionario griego-español” (1989-1997),  su magna “Historia de la lengua griega” (1999) y de su final etapa, jubilado,  “Hombre, política y sociedad en nuestro mundo” de 2008. Muchos artículos y muchas notables traducciones, líricos arcaicos y Tucídides, entre ellas.  Adrados ha sido un talento enorme del saber filológico y de la lengua griega, que se va cuando gente muy inculta está queriendo desterrar el griego clásico de la enseñanza… Adrados se va, llega la barbarie. Ya está aquí, de hecho.


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