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EN LA MUERTE DE ERNESTO CARDENAL

De vida larga y llena de intensidad, Ernesto Cardenal (1926-2020) murió ayer en Managua con 95 años recién cumplidos. Estaba muy lúcido, pero torpe de movimientos, como ya pude ver cuando lo conocí en 2012 en Madrid, en los días en que vino a recoger el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, del que yo era jurado entonces. Ernesto Cardenal ha sido un gran poeta irregular y muy importante, figura que (sobre todo a partir de los años 70) se mezcla, acaso en exceso, con el cura católico -y antes monje del Císter- que es pionero en la Teología de la Liberación (poco grata al Vaticano) y que luego forma parte del Frente Sandinista de Liberación, en cuyo gobierno sería ministro de Cultura, entre 1979 y 1987. En ese tiempo -en 1983- el papa Juan Pablo II visita Nicaragua y amonesta en público al ministro de Cultura, que es sacerdote. Luego lo suspenderá “a divinis” por lo que -en la teoría católica- Ernesto Cardenal ya no podía ejercer su ministerio.

Bien preparado y rico de lecturas, Cardenal viaja por América y Europa a fines de los años 40, y ve como su padre espiritual a un raro poeta norteamericano, cura asimismo, Thomas Merton, que falleció pronto y que fue uno de los referentes de la “Generación Beat”. La poesía de Ernesto Cardenal se inaugura en 1957 con el libro “Hora Cero”. Le seguirá el atractivo “Epigramas” de 1961, con referencias a Catulo y a Marcial. La poesía Cardenal tiende a mezclar lo lírico y lo narrativo, exaltando lo expansivo del idioma, una suerte de Ginsberg católico con preocupaciones existenciales y cósmicas. Política, libertad, subversión (no comunismo) son elementos fundamentales de esta caudalosa poesía -que seguía buscando el sentido del Universo- pero que quedó bastante opacada por la imagen del cura rebelde y sandinista al que un papa regañó en público. Libros como “Canto nacional” (1973), “Los ovnis de oro” (1984), “Cántico cósmico” (1989) o el casi final “Hidrógeno enamorado” (2012) marcan, entre otros más, la evolución de una poesía coloquial, rebelde, recitativa, llena de fuerza y en la que, a menudo, parece que todo cabe.  Cardenal escribió (entre otras obras en prosa) unos tomos de recuerdos no exentos de desengaños, sobre todo el segundo: “Vida perdida” (1999) y “La Revolución perdida” de 2004. Gran poeta en el que todo vibra y personaje muy comprometido con su tiempo, desde un catolicismo rebelde, que pagó acaso caro, Ernesto Cardenal -poeta y hombre notable- parece ahora mismo un ser de otro tiempo, al menos en buena parte, muy cercano sí, pero ya otro tiempo. Dicen que muy al final, quería olvidar su faceta política y volver a potenciar la poética. No sé si le ha dado entero tiempo. Descanse.


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