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La mucama de Borges

El señor Borges. Epifanía Uveda de Robledo/ Alejandro Vaccaro. Edhasa, Barcelona. 2005. 164 pgs.

 

Vive en el barrio popular de la  Boca, en Buenos Aires, viejita y más  bien  pobre ( reconoce que le han ayudado varios amigos de Borges) pero tranquila, contenta con su suerte. A veces oye decir a alguno que pasa: ésa era la mucama de Borges. Me quedo con el término argentino para no decir sirvienta o criada, palabras – sólo hoy – políticamente incorrectas. A Epifanía Uveda de Robledo, nacida en Corrientes en 1922, de origen humilde, no le importa decir que por más de treinta años ( por tanto, más que Céleste Albaret con Proust) fue la sirvienta de la familia Borges, a cuya casa de la calle Maipú 994 entró a servir en 1955. Casi en el momento mismo en que Borges ( que casi siempre vivió con su madre, Leonor Acevedo) estaba a punto de quedarse – con 56 años- ciego definitivamente… Alejandro Vaccaro es un experto borgiano, autor de una futura magna biografía del autor de El Aleph, de la que sólo se ha publicado la primera parte, Georgie. (1899-1930). Una vida de Jorge Luis Borges, editada en 1996. Es Vaccaro quien buscó a Epifanía ( en la familia «Fanny»), fue haciéndose amigo suyo, y logrando que la sencilla y lúcida mujer mayor – a la que aparentemente María Kodama dejó en la calle- fuera desgranando sus recuerdos sobre el personaje invariablemente llamado señor Borges, a quien nadie conoció como ella ( asegura) salvo, naturalmente, su madre, doña Leonor, el gran motor de ese Borges edípico, en una terminología que le disgustaba.

El libro pues – ameno – está  narrado por Vaccaro, centrándose en diferentes temas que hacen capítulo, y dejando muy a menudo la palabra, con largas citas entrecomilladas a Epifanía (Fanny).  Lógicamente            ( como en cualquier libro de esta índole, tipo Monsieur Proust) el  lector  podrá  decir  que se  cuentan muchas  intimidades que pueden pasar por triviales, como que Borges dormía con antiguos camisones hasta su  boda con  Elsa Astete ( en 1967), o que acostumbraba a guardar el dinero entre las páginas de ciertos libros de su  biblioteca. Sin embargo, por encima de muchas menudencias, más o menos curiosas, el libro resulta iluminador en tres puntos, siempre dando por descontado que se trata de un escritor excepcional y de un hombre muy inteligente y chapado a la antigua ( ni leía periódicos ni oía la radio) pero enormemente desvalido como ser humano, y  no sólo por su ceguera final, de donde lo acertado del título de la  biografía de María Esther Vázquez, colaboradora y amiga suya y una de las mujeres de las que estuvo enamorado sin ser correspondido en igualdad: Borges, esplendor y derrota. El punto más sutil de este El señor Borges, podría titularse Borges y las mujeres. Pues sus aspectos más interesantes narran – desde el interior de la casa familiar – su relación con una madre poderosa y anciana, de fuerte carácter, que le ayudó y dominó al tiempo, y a la que él ( pese a alguna discusión) adoraba. El episodio después – quizá, al inicio, preparado por la madre -de su tardío matrimonio blanco, con una  viuda, antigua novieta juvenil; episodio del que Borges llanamente huyó -al cabo de poco más de dos años- retornando a la casa materna. Y la final relación con una discípula, hija de padre japonés, María Kodama, que no sale del todo  bien parada en los recuerdos de Fanny. Compañera de viajes más que de casa, en noviembre de 1985, María (según la antigua mucama) da un giro a todo, se lleva de Buenos Aires a un Borges hay enfermo y con 86 años que sabe que morirá lejos – pero parece aceptar ese destino algo trágico – y cambia radicalmente su testamento al casarse.  Kodama   – viuda en junio de 1986 – pleiteará con casi todo el viejo entorno del señor Borges, incluyendo a Epifanía, que sólo guardaba una foto singular del querido y añorado caballero, que – al fin – ha podido conservar. El capítulo final es significativo  y   curioso  en  orden  a   demostrar               ( indirectamente) la veracidad de todo lo anterior. Se nos narran divertidas anécdotas borgianas recordadas por Fanny y que aparecen igual – o más por extenso- en otros autores. Ningún admirador de Borges quedará indiferente. Otro Borges, enamorado de una guapísima dependienta de librería, Viviana Aguilar. Un dato nuevo. Borges. Siempre Borges.


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