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Decadencias

Klaus Mann, tan moderno

Dijo alguien que todas las “dramatis personae” del mundo contemporáneo son trágicas. Klaus Mann (1906-1949) de vida muy agitada y multidisciplinar y que se suicidó hace ya mucho en la Costa Azul, fue un personaje muy de su tiempo y en gran manera, por cierta niebla para ver el futuro, por una íntima inestabilidad que no le dejaba construirse, parece que también muy cercano. Cierto que tuvo que luchar contra la “grandeza” de un padre –Thomas Mann- que no sólo era Premio Nobel sino que se consideraba uno de los novelistas e intelectuales más notorios de la Europa de su momento. Por ello pudo decir durante su exilio norteamericano y contra la Alemania nazi: “Donde estoy yo, está Alemania”. Parece que algo tan descomunal y sólido (tan goethiano) ni el mismo Heidegger lo hubiese dicho… Frente a eso, Klaus y su hermana Erika son la corrupción y la falta de horizonte, el miedo y el placer de la aventura, casi sin futuro. El aposentarse en lo efímero y transitorio, cuando todo lo sólido y constructivo o es muy viejo o parece hacer por todas partes agua. Por eso la novela de Klaus “Encuentro en el infinito” (1932) que acaba de publicar en español la editorial valenciana El Nadir Ediciones, es una de las más singulares de su autor (que suele escribir con un fondo biográfico) y fue tremendamente maltratada en su época, tanto por la izquierda como por la derecha. Los protagonistas (en un ámbito coral, sin digresiones moralizantes) se mueven en busca del placer y del instante, temerosos e inseguros del mañana. “Encuentro en el infinito” está entre las herederas técnicas de la mejor novela de Aldous Huxley, “Contrapunto”. Una serie de personajes, a mitad jóvenes a mitad extravagantes, se mueven entre un Berlín cercano al nazismo y un París libertino también, donde agoniza lo que ha sido la bohemia de Montparnasse, buscando algo (un camino, un punto siempre impreciso) mientras juegan a la atracción, al amor de todos los sexos y a las drogas. Es célebre en la novela –durante un viaje al norte de Africa- una experiencia con hachís en Fez, pero aparecen mucho más las jeringuillas de morfina a las que van acudiendo el frágil Sebastian, la actriz Sonja o esos raros nigromantes que son Gregor Gregori, que ha sido actor, o el oscuro doctor Massis, con su despacho parecido “al gabinete del doctor Caligari”. ¿Qué buscan tantos personajes entre el culto al yo, las drogas, la homosexualidad, el suicidio y la supervivencia? Buscan la vida en unos momentos de profunda crisis general, y vienen a darse cuenta de que la vida está, a menudo, más allá de la vida… Entre tanto quedan las noches, los límites trasgredibles y el esteticismo: “Se travestía de esteta que no buscaba más que sensaciones y para quien toda sabiduría y todo conocimiento, era un mero medio para encontrar sensaciones cada vez más nuevas, más sublimes y más extravagantes.” Al hacer una novela que más que una historia es el panorama de una sociedad al borde del abismo, Klaus Mann prescinde de la moral y de la política. Vemos lo que vemos y nos percatamos de que, con frecuencia, y en muchas épocas, la modernidad más pimpante y también la más trágica, no es más que intentar subirse a un tren que sale, no sabemos hacia donde, en el último momento… Redescubrir a Klaus Mann no es sólo hacer justicia, sino encontrarse de nuevo con la modernidad sin valladar. Pese al peligro, cierto.


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