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Decadencias

Judith Gautier. «El libro de jade»

Si el romanticismo había redescubierto el mundo islámico, el simbolismo y el “fin de siècle” redescubrieron  (más exotismo) China y Japón en todas las artes –en la decoración también- y se puso de moda la “chinería” y el “japonismo”. Los pintores, incluidos los impresionistas, lo dejaron claro y los literatos también, sin olvidar el opio queentonces hacía estragos en el decadente Celeste Imperio.  Pero el mérito de Judith Gautier (hija del famoso Théophile, maestro de Baudelaire) fue que ella quiso realmente ser una orientalista, una sinóloga -aprendió chino- y no sólo a titulo decorativo. Todo lo oriental le cautivó, como nos recuerda Rémy de Gourmont  en la semblanza que hace de ella y que abre esta edición cuidada y renovada de “El libro de jade”(1867) acaso el más famoso de los muchos que publicó Judith, quizá por lo novedoso, y que saca ahora Ardicia, como segundo título de una editorial nueva y refinada que se abrió, hace algo más de un mes, con los cuentos “Monstruos parisinos” de Catulle Mendès, que prologué yo mismo.

Judith Gautier ( 1845-1917, que publicó la primera edición de esta primorosa antología como Judith Walter, no sabemos si por no parecer que competía con su ilustre padre) fue, para que todo case también en la edición, la primera mujer de Mendès, otro cercano al enorme Baudelaire. Judith espiga entre la abundante poesía china clásica –sobre todo de la dinastía Tang- y podemos decir que más que traducir recrea los poemas, mimando la sensibilidad exquisita que suelen tener, con damas enamoradas a la luz lunar, mucha melancolía,  otoño y vino, que naturalmente era de arroz. Traducir el chino clásico es muy difícil y siempre requiere (hoy también) que el traductor mezcle su propia visión al texto original; naturalmente Judith Gautier, a fines del siglo XIX, lo hace algo más, incluso por la influencia de esa moda de la “chinería” que, probablemente, trataba de moderar. Como dice bien Jesús Ferrero en su epílogo, aquellos traductores  “ponían más de su parte, consiguiendo que los poemas resultasen más traidores, cierto, pero también más legibles”. Yo diría menos sobrios o escuetos. Aquí están, bajo una sedosa sensibilidad finisecular (que influyó, por ejemplo, en los poemas chinos que tradujo el modernista colombiano Guillermo Valencia) Li-TaiPo, Tu-Fu o Su-Tung –Puo, entre otros de los grandes clásicos chinos. Naturalmente los nombres siguen la clásica transcripción del sistema Wade-Gales, por la que casi todos los conocimos (ahora Li-Tai-Po  es Li-Bai) pero lo que no entendemos es porqué se ha respetado la forma francesa, que puede despistar: Li-Tai-Po es “Li –Taï-Pe” y Su-Tung-Puo se transforma en “Sou- Tong-Po”.  ¿No puede algún lector, menos versado, creer que trata con autores diferentes? Como se decía, el buen Homero también echa un sueño de cuando en cuando. Entre budismo, taoísmo y un ejemplar refinamiento, “El libro de jade” fue una enorme novedad en el panorama literario europeo, ya que lo abrió al inmenso territorio de la poesía china clásica, que aún no conocemos bien. Judith Gautier fue una pionera en todo y el libro es precioso. Anatole France: “Un libro bordado de seda y oro”. ¿Más?


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