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JUAN CUETO (ALAS)

Juan Cueto ha fallecido ayer en Oviedo con 77 años. Hacía tiempo que no lo veía aunque supe que estaba enfermo, al escribir un texto prologal para la digitalización de la revista “Cuadernos del Norte”, que realiza el Instituto Cervantes. Cueto fue el espléndido director de esa gran revista, en la que colaboré muy a menudo. Conocí a Juan Cueto Alas (directo tataranieto de Clarín) en los años 70. Mi relación con él -sin llegar a la amistad íntima- fue siempre divertida y buena. Con Trías, Savater y algún otro, Cueto empezó en el ámbito de aquellos “nuevos filósofos”, que como colectivo duró poco. Hombre de una esplendida formación cultural, Cueto se orientó pronto no a la estricta filosofía ni a la docencia, sino al periodismo de buena ley,buscando todos los resortes de una modernidad que se iniciaba, con Internet y las nuevas tecnologías. Su columna en “El País” sobre televisión (y todos sus entornos) hizo época. Juan Cueto fue un absoluto buscador de las modernidades. Pero jamás olvidó el saber humanístico, que es la base de todo. Por eso durante unos diez años (1981-1991) dirigió “Cuadernos del Norte”, que fue la mejor revista cultural del período, generosa y abierta. En ese tiempo (nos veíamos en muchos lugares de Madrid) Cueto decidió que Eduardo Haro Ibars y yo -amigos asimismo- éramos los pivotes de la modernidad y nos ofreció la revista, ya desde el nº 0. Eduardo colaboró menos, yo (como he dicho) fui asiduo. Jamás le propuse algo a Cueto que me negara. Le pareció muy divertido que yo me hiciera una autoentrevista,  (en un número de 1988) firmando “Arturo Acebos”. Nos invitó a un coloquio en Gijón a Haro, al poco grato Cardín y a mi, y todo salió muy bien de su mano. Antes, Eduardo Haro y yo, estuvimos en el caserón que Cueto tenía en Somió (con un gran cuarto de baño, cuyo suelo el dueño anterior había cuajado de esvásticas) y Eduardo quedó asombrado con un cajón -digamos que secreto- del despacho de Cueto, lleno de varias anfetaminas. Creo que Juan no le hacía ascos a las drogas de farmacia. Recogió bastantes veces sus artículos en libros, siguió en Italia -trabajando para “Prisa”- esa senda de modernidades informáticas y -hasta donde sé- se fue poco a poco retirando. Fue lo que cada vez queda menos, un moderno plenamente lleno de cultura. En Asturias (y no era nada nacionalista) llegó a tener tanto mando en plaza que, amistosamente, se le llamaba “el príncipe de Asturias”. Adiós, Juan. Eras un gran conversador, un hombre de corazón bueno -algo tan raro- y un tipo excelente. Las estrellas son tuyas.


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