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JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ. «PUERTAS DE ORO»

Nacido en Cartagena (Murcia) en 1942, José María ha cumplido hace poco 78 años, que lleva muy bien, con vejez -que no es- y elegancia. Aunque tiene un corto pasado en la poesía social, su obra genuina empieza en los “Novísimos” de Castellet en 1970. Era esa poesía en imágenes cuajada de citas. Aunque algunos de aquellos novísimos han muerto y otros ya no escriben poesía, José María fue el primero en decir que si la antología de Castellet vio un camino, era “mala”, porque le faltaban y le sobraban nombres. Por ello (por la falta, no por la sobra) hubo enseguida dos antologías complementarias -la de Martín Pardo y la de Antonio Prieto- y ahí sí se formó ya el núcleo de lo que por extensión, fuera ya de Castellet, se sigue llamando “novísimos”, o para quienes quieren abarcar más “Generación del 70”.

José María Álvarez (a veces sus traducciones muy bellas, algunas en colaboración, o sus libros en prosa) es sobre todo el poeta que se abrió con ese libro, hoy muy grande, llamado “Museo de Cera” (1960-2002). Un libro que va mejorando a medida que avanza y que, por ello, la cita culta   -fundamental- no es un adorno sino una necesidad. Poeta cultista, decadente, apasionado, amante de placeres, libros y

mujeres (también venales) no terminaríamos de entenderlo sin sus ciudades, que son muchas -aunque al fin muy llenas de turistas- pero en las que él mira el esplendor del corazón y de la historia: París, Estambul, y sobre todas esa Venezia (a la que hemos ido juntos) y donde murió su amado -y mi amado- Ezra Pound. Conocí de vista pronto a José María pero la buena y honda amistad vino al inicio de los años 80 y acaso en una estancia en el bello Pazo de Mariñán, cerca de La Coruña. Desde entonces la amistad ha ido en crecida, porque hemos compartido horas y viajes, y porque creo      -desde hace años- que es uno de los mejores poetas de nuestra Generación y uno de los poquísimos que ha crecido en sus poemas en valentía y belleza.  Alguno de sus libros últimos -siempre Renacimiento- como “Sobre delicadeza de gusto y pasión” (2006)  o “De los obscuros leopardos de la luna” (2010) me parecen espléndidos y se puede bien llegar a los últimos o casi, como  “Como la luz de la luna en un Martini” (2013) o “De una desamparada hermosura” (2018).  Creo que es el último, por hoy y si hubiera otro no lo tengo, porque el querido José María a veces es despistado. Cree (como yo) que el mundo se ha envilecido, que todo o casi lo gobierna y regentea la canalla, que el pueblo es cada vez más inculto y peor educado, y que obviamente nuestro mundo se muere a chorros, un mundo que buscó la excelencia -no unida a la clase social- sino a la calidad intelectiva y sensual y sexual de la vida. Entre la chusma y la corrección política, es obvio que Alarico está de nuevo saqueando Roma. Yo lo intuí desde muy jovencito, pero lo que fue intuición ahora es realidad pura y dura. Por eso también es un gran placer leer a José María. “Yo soy el único gran viudo./ Y desde esta Luna atroz, te aviso:/ Ya estás muerto.”

La editorial Ars Poetica (que reeditó mi libro “El viaje a Bizancio”, como en su edición inicial) ha publicado ahora con selección y prólogo de Alfredo Rodríguez, “Puertas de Oro. Itinerario poético”, que es una buena y amplia antología de Álvarez. Acabo de leerla (que es releerlo) y ha vuelto a gustarme mucho. José María es un poeta que crece, dentro de los naturales emblemas de su mundo y de su noble exceso cultista o mejor culturalista. Porque su exquisita poesía nunca es vanamente hermética. Erotismo, viajes, placer, cultura, Venezia hundiéndose sin remisión… Sí, tomamos un trago viendo el mar. Sólo pedir que nos permitan (estos bárbaros) elegir la propia muerte. Deseo básicamente animar a que te lean más, a que se encuentren contigo “esos pocos espíritus fraternos” y el resto es silencio. Gracias, querido. Espero que brindemos de verdad, juntos, muy pronto y de nuevo. Gran poesía. “La seda negra de los perdedores.”


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