Decadencias
José María Álvarez, furia, pasión y lujo.
José María Alvarez, cercano a cumplir 72 años, fue uno de los “novísimos” de Castellet. Muy pronto renegó de esa antología, creyendo (la crítica le ha dado la razón) que el movimiento era más amplio. Descontento de la vida española y de los gobiernos de
España –y eso que varias veces lo acusaron de derechista- se fue a París. Allí vive mucho, aunque vuelva temporadas a su natal Cartagena. Pero su mundo intelectual quiere considerarse en exilio voluntario. Con todo – y aunque ha publicado con cierta discreción- para mi es hoy uno de los mejores poetas vivos de nuestro país. Así lo han demostrado sus últimos y decadentes libros, como “Los obscuros leopardos de la luna” y el que acaba de salir, todos en Renacimiento, “Como la luz de la luna en un martini”. XIX poemas amplios, a menudo subdivididos, donde con todo lujo de culturalismo, Álvarez vuelve a títulos muy largos, pero no gratuitos, sino relacionados indirectamente con el poema que sigue. Siempre entre ingente cultura que es la vida del poeta y no mero adorno…
Algo hay de postrimerías en este libro, límpido, exuberante y bello, como si el poeta empezara a despedirse de todo lo que ha amado: cuerpos lujuriosos de mujeres, ciudades de historia y de leyenda (Alejandría, Estambul) y muchos poetas y escritores, 
entre los que no podían faltar Borges o Cavafis, pero donde también está Musil. Esta poesía querida y buscadamente esteticista, llena de lujos y de pasiones eróticas que no temen , ocasionalmente, un vocabulario coloquial y directo, entraña también mucha protesta, mucha rebeldía contra un presente que el poeta siente mancillado y gris. Todo va al deterioro, al estropicio, a la canalla (como la que gobierna el mundo, “la gentuza que gobierna/ la sinrazón de cuanto sucede…”) haciendo que la genuina democracia sea, cada vez más, una palabra vacía. “No hay Civilización/ sin Belleza”, nos dice. Algunos pueden quedarse, desde el título con luna y cóctel, con tanto esteticismo epicureísta, pero habiéndolo, no es menor, el mensaje de desconsuelo y rabia serena por todo lo que se está perdiendo. ¿Qué ruinas con botellón van a conocer nuestros hijos? Defendiendo belleza y sabiduría, Álvarez no teme arremeter contra la alabada vejez: no es sabia ni calma, es deterioro y horror. Y siempre nombres propios llenos de vida: Welles, Espriu, 
Stevenson, Hölderlin, Platón, García Márquez, hasta Espronceda o Zorrilla. El cúmulo de cultura puede ser para otros otra imagen de la presente decadencia. Declara el poeta: “No sé si Roma supo/ que agonizaba. Nosotros, sí.” Estamos ante un libro que afirma la ruina y el fin en un tiempo de hienas e ignorancia. (En otro poema se permite soñar con una Universidad ejemplar, que algo tiene del pasado Oxbridge.) No es imposible que a Álvarez se le hallen visos conservadores si uno piensa en su esencial elitismo. Pero no es la puritana derecha actual la que hallaría grato en sus filas, a un hombre que alaba la libertad sexual y la lujuria y que junto al arte y la belleza, sólo ve salvación en el sexo, quejándose de la boba “corrección política”. Libro rebelde vestido de lujo. Álvarez, gran poeta vitalísimo.
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