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JEAN LORRAIN Y «NARKISS»

Entre la gran pléyade de escritores decadentes que cubrieron casi toda Europa desde fines del XIX e inicios del XX, los franceses fueron los prioritarios porque ellos gestaron “el decadentismo”, aunque hubiera decadentes notorios desde España (Valle-Inclán, Hoyos y Vinent o Isaac Muñoz, entre más) hasta Rusia -Sologub, Kuzmín- pasando por el gran italiano D’Annunzio. Pero entre todos, Jean Lorrain (1855-1906) fue uno de los más notorios y principales. Nacido en Fécamp como Paul Alexandre Duval, Lorrain sería una incómoda, provocadora y atrevida institución en las letras francesas de la época, enseguida traducido. Sus traducciones al español, por ejemplo, son muchas y múltiples desde principios a finales del siglo XX. Periodista atrevido y sin pelos en la lengua, homosexual cargado de sortijas y a veces maquillado -nunca se recató- fue además poeta, dramaturgo -acaso su actividad menos recordada- cronista de viajes (“Heures d’Afrique”, 1899) y sobre todo narrador -cuentos- y novelista, viviendo entre París y la Costa Azul, con escapadas a Venecia; como digo Lorrain -seguidor de Huysmans, de Barbey d’Aurevilly o de Wilde- fue la imagen permitida y criticada del “vicio”. No sólo como conocido consumidor de éter -escribió sobre ello- o de cocaína, sino como amante de muchachos bellos o fornidos luchadores, por los que aspiraba a ser sodomizado. Sus amigos (nunca muy seguros de la fidelidad del personaje) fueron la novelista -decadente también- Rachilde, Montesquiou, el conde, y ocasionalmente Proust, aunque terminaron retándose a un duelo, que nunca tuvo lugar.

Empezó como poeta en 1882 con “Le sang des dieux” y su último poemario fue “L’ombre ardente” de 1897. El gran éxito -además del periodismo acre- le vino de los relatos (“Princesses d’ivoire et d’ivresse” de 1902, Princesas de marfil y ebriedad, entre muchos) y sobre todo de sus novelas, tres especialmente, llenas siempre de pervertidos de todo género: “Monsieur de Bougrelon” -1897- la que aupó su éxito, “Monsieur de Phocas” (1901), la más comentada y acaso la mejor y “La Maison Philibert”, 1904, traducida al español varias veces como “El burdel de Filiberto”. Lorrain, enterrado en su pueblo natal, murió a fines de junio de 1906, eterómano, enfermo de sífilis, con algún problema cardíaco y por un enema mal puesto que le causó una peritonitis. Lorrain necesitaba esos lavados en el esfínter -se dice- a causa de algunas relaciones sexuales. Dejó una frase rara que se repite: “Fin de siècle, fin de sexe”: Fin de siglo, fin del sexo. Y quiso una edición de lujo, para un cuento, “Narkiss” publicado en una revista en 1898. Esa edición muy lujosa de “Narkiss” (figurada versión del mito de Narciso, muy ambiguo, llevado al antiguo Egipto) se realizó póstuma y exquisita, con dibujos originales y gran papel en 1908, dedicada al gran vidriero y joyero René Lalique.  Esa edición rara (en el mismo estilo pero con otros dibujos refinados) es la que acaba de traducir y editar la minoritaria Amistades Particulares, el homenaje a Lorrain en su decadente y mórbido “Narkiss”. No suele decirse que la novela y la narración “decadentes”, junto a las filigranas y arabescos de la prosa enjoyada, participa también del “naturalismo”, de forma que, junto a lo anterior, abunda asimismo lo sórdido, populachero o abyecto, como las aguas pútridas y cadavéricas de un ramal del Nilo, donde perece el bello Narkiss. Es un cuento, un relato corto, pero el texto y la edición valen la pena. Como el tremendo y refinado Lorrain: En su vida hubo un dibujo donde lo caricaturizaba en alto decadente, con el breve texto: “Lorrain ofrece al joven vocero del periódico El Eco de París, la llave de su habitación”. Era en Montecarlo. Uno de los mejores estudio/biografía sobre nuestro autor, es el que le consagró en 1974, el luego suicida Philippe Jullian, “Jean Lorrain ou Le satiricon 1900”. Un Satiricón 1900. Estaba bien visto.


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