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James Dean, el mito rebelde

Va a hacer pronto 50 años de la muerte, en un accidente de automóvil, en California, del actor James Dean, verdaderamente una estrella fugaz. De orígenes humildes – como tantas figuras del Hollywood dorado- Dean nació en 1931 en un pueblecito de Indiana, hijo de granjeros cuáqueros. Murió, como vengo de decir, en 1955, con 24 años, convertido en un radiante héroe juvenil, al que la muerte ( no hay verdadero mito sin tragedia) convirtió en leyenda.

Cobra más fuerza lo absolutamente meteórico de la breve carrera de James Dean, si tenemos en cuenta que aunque debutó como actor en 1952, sus tres célebres películas – la última se estrenaría ya póstuma -se rodaron el mismo año de su muerte: «Al este del Edén», «Rebelde sin causa», y «Gigante». De esas películas, aunque los expertos suelen preferir «Al este del Edén» de Elia Kazan ( el director que descubrió a Dean) y otros recuerdan la mítica belleza de Elizabeth Taylor en «Gigante», lo cierto es que la que mitificó la supuesta actitud de Dean ante la vida – certificada por su muerte al volante de un potente descapotable rojo – fue «Rebelde sin causa» (Rebel without a Cause) de Nicholas Ray. Quizá tampoco el director – que también tuvo fama de vividor nada cobarde – se percató del todo del extraño producto que salía de sus manos. La historia de la insatisfacción de tres jóvenes norteamericanos – en 1955 – poco más que adolescentes casi todos, y que no saben muy bien qué hacer con una vida problematizada, que a ratos parece que les viene grande, porque en realidad les viene muy corta, y actúan como asfixiados que no supiesen cómo tomar aire…

A su turno los tres protagonistas de la cinta acabaron mal: Dean, muere en un accidente de automóvil, apenas estrenada la película. Natalie Wood, la muchachita delicada y sensible, enamorada del protagonista – Wood tenía 17 años cuando rodó «Rebelde sin causa»- pereció ahogada, junto a la Isla de Santa Catalina, en California, en extrañas circunstancias, en 1981. Y Sal Mineo ( el otro enamorado del protagonista, otro muchacho demasiado sensible y que oculta un secreto) murió asesinado – declinando su también rauda carrera de actor- en 1976. A partir de aquella película ( hablo de la imagen, no de la estricta realidad) la mejor juventud siempre se quiso «rebelde» y la palabra «perdedor» conocería un renovado prestigio. ¿Porqué no estaba bien ganar?. Porque sin duda – desde la mejor óptica romántica – el ganador, en cualquier asunto, siempre está manchado.

Ya los surrealistas habían celebrado la muerte joven, y los rockeros ( no sé si Jim Morrison o aplicado a él) dirían: «Vive deprisa, muere joven y dejarás un hermoso cadáver». ¿Sin saberlo plenamente, es aún el mensaje de Lord Byron interpretado o reescrito por Arthur Rimbaud, el que sigue actuando todavía en el romántico imaginario juvenil, que la película de Nicholas Ray no hizo sino incrementar, mostrando distintos modos de una juventud insatisfecha?. No  lo  niego.  Nadie  mejor  que  el joven ( aún levemente fuera del Sistema, sólo preparándose para entrar) para ver cómo el engranaje de ese Sistema, despacio o deprisa, brusca o tranquilamente, suele deshacer cualquier esperanza de cambio. El joven alerta ve las trampas – más tarde, si entra a ellas, dirá que daban igual o que son inevitables- y comprende radiantemente la añagaza sin saber cómo deshacerla. Así es que todo joven que merezca ese nombre – y aún estoy por decir que esa estética – deberá ser rebelde. Y acaso, si tiramos un poco de la soga, no le importará perecer en el intento. Recordemos a River Phoenix a Kurt Cobain, y aquel adagio griego que rezaba: «A quienes los dioses aman, mueren jóvenes».

¿Debemos extraer alguna razón  moral de todo lo antedicho?. No era mi intención. Yo he  querido, sólo, recordar que van a cumplirse 50 años del fallecimiento de James Dean a sus 24 años, y que muchos rasgos de la estética y de la actitud juvenil, apenas han variado desde entonces. Ciertamente hay jóvenes piadosos y jóvenes delincuentes, pero ni unos ni otros son el tema de la reflexión  que propongo. Yo les sugiero, nada más, que piensen – al hilo de este cincuentenario – cómo es posible que viva aún, tan viva, la rebelión romántica. ¿Qué va mal en  nuestra vida cómoda, como entonces?.


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