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Decadencias

Iván Turguénev y el genio ruso

La meritoria editorial Nevsky Prospects de Madrid, que se mueve como sus editores entre Inglaterra y Rusia, han acertado con un tomito delicioso: la traducción directa del ruso (esto, desdichadamente, no ha sido tan frecuente en español) de una de las más famosas novelas cortas de la literatura europea,  «Primer amor» de Iván Turguénev (1818-1883). Turgénev, que murió en París donde vivío muchos años, fue el primer autor verdaderamente universal que dio la literatura rusa. Pero el encanto de «Primer amor» radica en que es un relato ( una «nouvelle») donde el argumento, quizá por primera vez, tiene mucha menos importancia que la descripción íntima, el entramado mental de los personajes. Siendo interesante la historia que narra «Primer amor», nos interesa más (nos encandila más) ver cómo actúa Zinaída, la verdadera protagonista, guapa muchacha hija de una princesa empobrecida, o el padre del narrador jovencito, un hombre altivo y lejano, sobre el cuál recae mucho más la acción de lo narrado de lo que el lector puede juzgar al inicio…

Para completar lo singular de este volumen (traducido por los hermanos Womack, que son también los editores) se nos ofrece como epílogo un magnífico retrato que Henry James -que conoció a Turgénev en París y en Londres- hace del escritor ruso, tratándolo de corpulento gran señor, rico por su casa, lleno de bondad, humanidad y talento de buen gusto. Es curioso ( o no tanto) que James  hable de Turgénev como un dechado de virtudes, siempre preocupado por su patria rusa y por los jóvenes que lo visitaban, cuando sabemos que Dostoyevski -según nos cuenta su hija Aimée- tenía a Turguénev por un esnob absoluto. ¿Es que un esnob no puede escribir bien y ser sociable? Sin duda. Hay esnobs brillantísimos (si aceptamos que Tuguénev pudo ser uno) igual que los hay cretinos del todo. Sin duda James -hombre muy mundano- sabía distinguir muy bien entre los esnobs que valen la pena y los que no valen ni un ardite. La belleza narrativa, la fina inteligencia psicológica de «Primer amor» nos lleva a pensar, sin duda, que de ser esnob, Turguénev, ante cuyo féretro habló Renan en la despedida, debió ser un hombre que unió la inteligencia y el encanto, lo que -convengamos-  es muy poco habitual.  Amigo de Guy de Maupassant y de Gustave Flaubert (a quien James admira menos que a Turguénev, dentro de la altura) este se nos muestra en esta breve obra maestra como un narrador refinadísimo que sabe que la atmósfera y los gestos pequeños, bien observados y narrados, van más lejos que cualquier historia, porque en verdad la multiplican… «Primer amor» son muchos primeros amores, muchos recuerdos, muchos olvidos, sorpresas insabidas, y la idea de que todo eso -en el tiempo- es la materia misma de la vida, no sólo lo que pudimos ser y no fuimos, sino los secretos que aprendimos cuando creíamos estar sufriendo únicamente.

Por desgracia la literatura rusa (aunque las cosas van cambiando para bien) no ha sido conocida en España como merece, pues en los dos últimos siglos ha resultado a menudo una literatura excepcional. La señorita Womack me debe un vodka helado que yo le pagaré haciendo el prólogo de una novelita que aquí conocen pocos, «Alas» de Mijail Kuzmin, un exquisito autor secreto… ¡Investiguen!


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