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ISABEL PREYSLER, CORAZÓN NOBEL (PERSONAJES AL SOL)

Fue una muñeca o una princesa de cuento. Pura porcelana oriental. Esta filipina de Manila que tiene ahora (ya cumplidos) 67 años, fue la amiga inseparable de la “nietísima” de Franco, Carmen… Y al parecer las dos iniciaron una carrera de triunfo social, entre glamour y hombres. El carrerón de Preysler es insuperable y las reinas de corazones de hoy día, semejan papanatas a su lado: Julio Iglesias, cuando era como el Sinatra español. Un linajudo marqués que se dedica a los vinos (Griñón), un exministro socialista, experto en economía, Miguel Boyer, al que hace conocer mieles menos sociatas, y como traca final, un gran novelista, además Premio Nobel, que junto a ella (ha dicho) se ha sentido rejuvenecer con más de 80 años… ¿Hay quién dé más? Es guapa, se cuida hasta lo indecible, se le atribuyen sutiles artes eróticas, y aunque se dice que es tonta, debe ser cualquier cosa menos eso… De hecho, cuando menos tiene que ser hábil y lista la mamá de Enrique Iglesias. Sus maridos y hasta su hijo cantante, han ido declinando levemente con el tiempo (Boyer la dejó viuda) ella sin embargo es como el Ave Fénix de sí propia…

Yo sostenía que era hábil (y atractiva) pero no lista. Eso ponía nervioso a mi amigo Terenci Moix que siempre que venía a Madrid (muy a menudo) cenaba con Isabel de corazones, y el quedaba encantado de su talento y me lo ponderaba. Una mezcla de Madame de Pompadour -espléndida favorita de Luis XV- y de la ilustrada Marquesa Du Deffand, culta, libertina, y que sedujo a muchas cabezas pensantes. Cuando Vargas Llosa cayó rendido -se dice que eran amigos y que Mario le contaba ya sus cuitas amorosas- algunos dijeron que era un tropiezo en la brillante trayectoria del rey del “boom” latianomericano, desde “La ciudad y los perros”.  Pero no parece en absoluto ser así. Él se muestra como un hombre ya mayor, cumplido, de aire feliz, y ella sabe estar en la acera intelectual, como supo ser ultrachic en aquellos anuncios antiguos de Porcelanosa y de los bombones Ferrero-Roché… Como en el galante siglo XVIII (que se perdió a la Preysler) la galantería sabe dar la mano a las luces, y se sospecha que, debajo, silente, se desliza la sierpe fina de una lujuria trascendental.

Mario Vargas Llosa (a quien conozco) es un hombre muy culto y enormemente inteligente, además del autor de -al menos- cuatro novelas de absoluta primera fila. A los “progres” no les ha gustado nunca, porque no sueña en una Latinoamérica a lo Ché Guevara (nada más lejos) sino una Latinoamérica propia pero europeizante. Preysler no habla de política, no hace falta, por sus hechos los conoceréis. Pero es clara su libertad moral, su sano individualismo, su gusto epicúreo y -parece obvio, a la postre- su capacidad de seducir distintos tipos de talentos, según la edad. Julio Iglesias y el hampa dorada, el marqués de Griñón o los linajes ilustres, Boyer como izquierda que sabe gozar de la vida -aunque al fin parecía tímido- y Vargas Llosa o el talento de un gran escritor que algo aspira (lo ha sido) ha representar aún el no muy actual prestigio del intelectual como figura, que él continúa ejerciendo entre polémicas.  Príncipes mundanos de la vida glamurosa y chic, son el lujo pensante, aunque caigan mal en los tiempos del chusmerío. ¿Quién me lo hubiese dicho a mí, que la vi vana? Isabel Preysler, corazón de Nobel y piel sedosa de tigresa, feminista a su modo clásico, no puede ser tonta. Es más, seguro que es muy agradable cenar con ella, sobre la grama de un fresco jardín de verano, rumor de mar al fondo, y velas, discretas velas color corinto con aroma de sándalo… ¿No es evidente?


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