Inmigrantes: integración o gueto.
A pesar de la crisis económica (la más dura en treinta años) la inmigración sigue siendo una realidad europea y por tanto española: Tanto solución como problema. En París estos días, a raíz de la crisis libia -que se unió a Egipto,a Túnez y quién sabe a que otras inquietudes subterráneas del Magreb- se hablaba del llamamiento de la Cruz Roja a los gobiernos de la Unión Europea, alertándolos de una “enorme crisis humanitaria” inminente… Vendrán más emigrantes. Y tampoco dejarán de venir (aunque el flujo pueda tener alzas y bajas) de América Latina y del África subsahariana…
Nuestro presidente Zapatero cree en la “alianza de civilizaciones” (asunto más de política exterior que interior) pero tanto Merkel como Sarkozy decretaron hace meses que muchos inmigrantes (turcos en Alemania, magrebíes en Francia) no se integraban, ni siquiera aprendían bien la lengua del país de acogida. La polémica estaba y está servida, porque aún nada se ha resuelto. Ayer una diputada de la derecha francesa (del partido de Sarkozy) declaraba en televisión que los inmigrantes deben nada más llegar volver a tomar el barco de regreso…
Tratemos de entender que puede haber dos clases de inmigrantes: en la primera están los que vienen de países con raíces comunes con el nuestro (los latinoamericanos en España, que debieran tener los menos problemas posibles) o los que llegan al país -como los españoles a Suiza o Alemania en los pasados años 60- sólo con ánimo de hacer dinero unos años y después retornar a su país de origen. Creo que este tipo de inmigrantes, a los que puede exigirseles una integración menor, casi ha dejado de existir. El inmigrante que llega hoy a la Unión Europea mayoritariamente viene para quedarse. Y este es el segundo tipo de emigrantes a los que me referí: los que buscan papeles y residencia, los que sueñan afincarse entre nosotros. Si a todo inmigrante (del tipo que sea) se le debe pedir una integración mínima -“donde fueres haz lo que vieres”- a los que aspiran a permanecer, a formar parte de nuestra sociedad, se le debe pedir una integración muy grande, casi total. ¿Quiero decir que incluso deben perder sus señas identitarias de origen? No, pero deben mantenerlas básicamente en el ámbito familiar y privado. El chino enseñará chino a sus hijos ( y lo hace) pero estos han de hablar español correctamente y deben adaptarse a la mayor parte de nuestros usos. ¿Y los musulmanes, a los que Europa nunca ha dejado de ver, en el fondo, como el problema máximo? Naturalmente que mantendrán su religión y su lengua, pero junto al español como idioma básico, deben atenerse a los usos de la sociedad española, naturalmente pluralista. En la mezquita la mujer ( o la niña) llevará velo, pero en la escuela pública o en los ministerios y oficinas del Estado, no debe llevarlo. ¿Por qué? Porque si en Bagdad o en El Cairo es normal que una mujer sólo use velo (en la variedad que sea, chador o no) en el ámbito occidental juzgamos que se atenta contra la dignidad de la mujer cuando se la obliga a llevar velo. Son dos culturas, nosotros no pedimos que pierdan la suya (sería un disparate) pero sí, y es fundamental, que acepten la nuestra. Nuestras abuelas iban con un discreto velo a misa, pero después del concilio Vaticano II se lo quitaron. La evolución del papel de la mujer en Occidente no admite velos, como no admite la ablación, por ejemplo.
La integración cultural de los inmigrantes al país al que llegan no es tema baladí. Si en el siglo XIX (a finales) la emigración a un país que la necesitaba no dio problemas -y llegaron gentes desde Irlanda hasta Siria- es porque el gobierno argentino de entonces escolarizaba de inmediato a los inmigrantes y les enseñaba el español. Así incluso familias italianas de segunda generación (como Peri Rossi en Uruguay) ya no sabían italiano. Acaso eso sea exagerado , pero no está radicalmente equivocado. El inmigrante tiene derecho a no derrocar sus orígenes, que enrriquecen a todos. Pero los que vivimos en Europa tenemos el no menor derecho de que se respeten y aún afiancen nuestros valores. ¿Dónde queda la célebre -y celebrada- laicidad francesa, si luchó contra la hegemonía católica, pero se rinde ahora a la potestad de los ulemas e imanes islámicos? ¿Tenemos miedo al Islam? ¿Al terrorismo? Ceder es perder. El musulmán tiene todo el derecho a seguirlo siendo y a practicar su religión, pero sin chocar con nuestros hábitos dominantes o adquiridos por la Historia. El Islam no ha tenido nada similar a la Revolución Francesa, pero aquello (con sus matices y palinodias) ha marcado la vida europea, a mi entender para bien. En Francia -aprendan aquí muchos españoles- hasta el temido Frente Nacional, ahora de Marine Le Pen, canta “La Marsellesa” y defiende la bandera tricolor que surgió de aquella revolución. Podemos y debemos aceptar la pluralidad religiosa, pero no el sometimiento de nuestro mundo a los preceptos del Islam. Es bueno que hoy seamos amigos y hagamos por entendernos más y mejor, pero no se olvide que casi toda la historia europea (incluido nuestro Lepanto) es un intento de frenar el avance islámico, árabe o turco. Eso es el pasado ( lo sé) y no debe repetirse, pero si como quería Cicerón la Historia es maestra de la vida, hay que pedir la integración esencial de los emigrantes, salvando sus señas de identidad, íntimas forzosamente si chocan con el común denominador social. ¿Y un gueto? ¿Un barrio turco o marroquí? Ya sabemos que el gueto es un mal. Puede haber guetos transitorios ( poco deseables) pero ningún gueto ha sido nunca una solución ni justa ni satistactoria. Con respeto, integración.
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