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Decadencias

Homenaje a Lezama Lima

El próximo mes (me lo ha recordado una revista mexicana que ya lo homenajea) José Lezama Lima, ese genio raro de la Cuba eterna, hubiese cumplido cien años. Vamos de conmemoraciones, sí, pero es que a menudo su pretexto es necesario. Por ejemplo en el caso de Lezama, un gigante de la literatura, que dificilmente puede ser lo que se llama «popular», si excluimos -acaso- el famoso capítulo de las vergas en «Paradiso». Lezama murió en La Habana en agosto de 1976 a consecuencia de las complicaciones del asma que sufría desde niño. Para la Cuba castrista figuraba, en cierto modo, como un monumento nacional (hoy sacar de Cuba una primera edición de «Paradiso», 1966, requiere un sello con el permiso del Ministerio de Bienes Culturales) pero, al tiempo, le faltaban medicinas si su hermana Eloísa no se las enviaba desde Miami, y era algo así como un monumento decrépito y abandonado al que era mejor no ver, sino dejarlo a solas con su gloria. Lezama (gran fumador de tabacos y con una vastísima cultura) era desde su casita materna en la calle Trocadero de la Habana Vieja,uno de los grandes motores de la cultura cubana moderna y el gran sacralizador del neobarroco en nuestra lengua. Creó la revista y el grupo «Orígenes» y aunque él se quería ante todo poeta (su primera publicación, en 1937, es la plaquete con el poema «Muerte de Narciso») escribió más prosa narrativa o ensayística, a menudo entre el hermetismo y el cruce plural de muchos elementos culturales. Póstumos salieron dos libros notables, los poemas «Fragmentos a su imán» (1977) donde hay magníficos y nuevos destellos de su hacer lírico. Y la novela -no concluída- «Oppiano Licario» (1976) que trata de continuar el monumento que es «Paradíso», cuya edición mexicana de 1970 (la segunda) corrigió Julio Cortázar.

Lezama quiso mucho a algunos de los exilados españoles en la isla. Admiró y entrevistó a Juan Ramón Jiménez y tuvo una inenterrumpida amistad con María Zambrano, a la que dedicó un poema: «María se nos ha hecho tan transparente/ que la vemos al mismo tiempo/ en Suiza, en Roma o en La Habana…» Gastón Baquero, al que quise y traté mucho en Madrid, tenía en su biblioteca tumultuosa un retrato de Lezama presidiendo el sabio desorden, y gran poeta él mismo, me decía que Lezama era un genio. Me habló de lo que llamaba se «casta homosexualidad» que le llevaba a perseguir de lejos a un acomodador muy lindo, pero también a rezar rosarios por la tarde con un poeta y sacerdote español (al que Gastón me presentó una tarde) Ángel Gaztelu, que se había hecho otro de «Orígenes». Todo en Lezama es sabia eclosión de un barroco nuevo, por lo que ers natural que titutalara uno de sus ensayos «Sierpe de Don Luis de Góngora». Severo Sarduy, con todo su talento, fue a la postre un adelgazado discípulo de Lezama, sólo comparable al gran y perseguido Virgilio Piñera (homosexual más de calle) que hizo otra literatura. Pero ¿Cómo no decir que «La carne de René» y «Paradiso» son las grandes novelas del siglo y dos columnas de nuestro idioma?  Lezama sólo sería popular en un mundo archiculto, pero su estilo, su genio y su obra informan y alientan otras muchas, por eso es imprescindible e inolvidable y es menester recordarlo.»El reino de la imagen» era el territorio base del opulento y descomunal Lezama, «mitad ciruelo y mitad piña laqueada por la frente».


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