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Decadencias

HAROLD BLOOM Y EL CANON COJO

No seré yo quien niegue el enorme trabajo lector y crítico del norteamericano Harold Bloom, empeñado en sentar o asentar el canon actual de la novela, el ensayo, el cuento y ahora (en la traducción española) la poesía. El tomo en cuestión –editado por Páginas de Espuma, donde salieron ya los otros cánones- se titula “Poemas y poetas. El canon de la poesía” y cuenta con la traducción cuidadosa de Rivero Taravillo. Vaya por delante que, entre los críticos-estrella de los últimos tiempos siempre he preferido con mucho al refinado George Steiner –casi ya retirado- que no al grueso y falsamente omnisciente Bloom. En realidad aspirar a sentar el canon poético occidental es, hoy por hoy, casi imposible, pues supone un autor muy versado (al menos) en seis grandes lenguas y literaturas: inglés, español, francés, alemán, italiano, portugués y ruso. En el libro que comento Bloom hace gala de conocer bien la tradición anglosajona y deja ver que conoce mal o muy mal el resto, lo que a mi entender quita mucho valor a este canon cojitranco, cuya única utilidad (y con muchas elecciones discutibles) sería con el subtítulo corregido como “El canon de la poesía anglosajona”.  De los 56 poetas que Bloom elige –desde la Edad Media, pero suponemos que en función de su actual vigencia- todos son de lengua inglesa a excepción de un italiano, Petrarca. Un ruso, Aleksandr Pushkin. Tres franceses: Baudelaire, Rimbaud y el más discutible Valèry. Y dos de lengua española: Pablo Neruda y Octavio Paz. Ni Lorca, ni Cernuda ni Borges, por ejemplo. Y ningún alemán (ni Rilke) ni ningún ruso o italiano modernos. Pero sí norteamericanos aún muy discutibles para un canon, sea Theodore Roethke (a mi entender un buen discípulo de Wallace Stevens) o Mark Strand, recientemente fallecido, cuya presencia –entre otras- parece absurda si no están Quasimodo, Montale, Mandelstam, Ajmátova, Gottfried Benn o Pessoa entre tantísimas ausencias.

El traductor se hace eco de que Bloom se escora más de la cuenta hacia la lengua inglesa pero el ladeamiento es tanto, tan llamativo y grave que el tomo (pese a tener capítulos muy notables) pierde toda validez, por completo, fuera del ámbito anglosajón. ¿Qué podrá decir un lector alemán o aún español de este buen libro parcial? Que Bloom es un osado, que se mete en camisa de once varas, que se cree el anglocentrismo que pregona y que es de una ignorancia supina en tantas literaturas fundamentales. ¿Qué puede importar Anne Carson, canadiense de 1950, si no están Majakowski, Ungharetti, Pizarnik o George, entre tantísimos? De verdad, es ridículo pontificar en el terrado ajeno o ir por la vida de saltador de altura con muletas. “Poemas y poetas” sería un buen libro si prescindiera de lo que no sabe, pero como Bloom parece ufanarse en su enorme ignorancia extra-anglosajona, el libro sólo puede merecer una sonora y muy llamativa pitada. El imperialismo del Tío Sam llevado a la poesía en este caso por un crítico sacripante es una vergüenza. Steiner (educado en muchas lenguas) jamás lo hubiera hecho. Este libro produce sana polémica dentro del inglés y un categórico desdén fuera. ¡Ni Quevedo, ni Goethe, ni Mallarmé, ni Cavafis! Impresentable.


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