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Decadencias

Gus Van Sant y la militancia gay

Gus Van Sant (nacido en 1952) es hoy por hoy uno de los directores de cine más ágiles y poliédricos del universo yanqui, tan volcado al dinero. Sin duda parte de la magia de Van Sant procede de sus inicios en el cine marginal o alternativo ( “Mala noche”, 1985; “Drugstore cowboy”, donde actuaba el viejo Burroughs, 1989; e incluso esa gran apoteosis de la marginalidad que lo catapultó a la fama internacional, “Mi Idaho privado” de 1991) pero también –conviene no olvidarlo- de haber pasado después por otro cine, si relativamente singular, claramente comercial, como “El indomable Hill Hunting” o mi favorita en esa línea, “Descubriendo a Forrester” del 2000. Este camino (que algunos pensaron de altibajos) le dio maestría a Van Sant, sin que, a la postre, cambiara su rumbo. ¿No son experimentales, atrevidas y muy logradas, cintas como “Elephant” (2003) o la nada fácil “Last days” de 2005, aunque aquí se estrenara tarde? Es cierto que aunque no siempre sea explícito –tampoco hace falta siempre- Gus Van Sant es gay y de algún modo aspira a retratar, desde encuadres diversos, ese ámbito. Quizá por ello acaba de permitirse una película (con algo de documental –poco- pero mucho de testimonio) sobre un ciudadano gay y aparentemente muy normal, muy medio, que llegó a ser en 1977 y en San Francisco el primer concejal públicamente homosexual: Harvey Milk, que sería asesinado un año después (junto con el alcalde de la ciudad) por otro concejal lleno de odio oscuro y perturbación. En “Mi nombre es Harvey Milk”, Van Sant tiene que huir del estricto documental –que sería muy tentador- pues ya se hizo uno y notable en 1984: “The times of Harvey Milk” de Rob Epstein. Más sencillo pero también más directo y cordial (con una buena interpretación de Sean Penn, yo diría que conteniendo la “pluma”) lo que quiere mostrar Van Sant con emoción, normalidad y espíritu combativo o reivindicativo, es cómo un ciudadano cualquiera de Nueva York (en 1970) tras haberse echado un novio muy atractivo en el metro , decide que ya está bien de ser un ciudadano de segunda, perseguido y humillado, y que para conseguir hay que gritar, pedir, reclamar y echarse a la calle. No de otra manera comienza su activismo gay en San Francisco (uniendo a las minorías, siempre marginadas) y creando el hoy famoso barrio de Castro, que de algún modo fue el primer espacio público libre y marcadamente gay del mundo. Retrato de una comunidad oprimida que se rebela, pero sobre todo de un hombre bueno y nada excepcional, pero que se cansa del servilismo y la humillación ante la tiránica mayoría moral, estamos (pese al crimen del perturbado) ante una película fácil –que aspirará a más de un Oscar- ágil y sobre todo optimista. Si uno lucha, une, y sale del armario puede conseguir lo que otros, amedrentados, ni imaginaron. Más que un artista sensitivo y algo decadente (como en “Last days” o incluso en “Mi Idaho privado”) nos encontramos en “Mi nombre es Harvey Milk” ante un Van Sant sanamente reivindicador y combativo, en una película valiente, donde sin embargo no falta el humor, la más sápida cotidianeidad, y el mensaje de que integristas mesiánicos como Anita Bryant son más peligrosos para el mundo que seres tan normales y afables como Harvey Milk, asesinado por la barbarie. Exacto.


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