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Grecia y Roma. Siglos de sangre y oro.

Robin Lane Fox. «El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma». Trad. Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón. Crítica, Barcelona, 2007. 825 págs.

 

Probablemente ningún experto en filología clásica aprenda nada o casi nada nuevo en este tomo, sino es el arte de narrar historia con amenidad y soltura, pero dado que las humanidades clásicas están en trance de desaparecer de la cultura media ( cada vez más inculta) de la mayoría de los españoles, este amplio manual muy bien redactado por un catedrático de Oxford (y se nota que esta hecho por un anglosajón, con mucha bibliografía en su lengua y para anglosajones) podrá suplir con acierto tantas carencias que ni mi generación ni tantas anteriores tuvieron en las llamadas (Valera, Menéndez y Pelayo) «lenguas sabias».

El proyecto es inmenso: Contar  sin erudición farragosa pero con sólida fundamentación -ver las notas- y como he dicho amenidad narrativa, nada menos que todo lo que fue el «mundo clásico», esto es, la historia y la cultura de Grecia y de Roma -que se mezclan en el llamado período helenístico- desde los orígenes de ambas, hasta el reinado de Adriano inclusive (siglo II de nuestra era) pues sostiene el autor que lo que viene después es ya menos clásico -no sé si por la fuerte entrada en escena del cristianismo, que hasta ese reinado apenas contó- o porque, como nos dice, ve en el gran Adriano al primer gran hombre que tuvo conciencia de la clasicidad de la civilización grecorromana, mimó a los griegos, vivió un año en Atenas, cuidando los monumentos antiguos y edificando otros nuevos, recorrió casi como un turista ilustrado todo su inmenso territorio, desde su nativa Hispania hasta los confines de Siria, tuvo un joven amante (Antínoo) como los griegos antiguos -como Alejandro tuvo a Hefestión- y construyó luego cerca de Roma una villa (la espléndida Villa Adriana) que tenía recuerdos de todas las regiones y lugares ilustres de aquel imperio bilingüe, como el propio césar.

El libro (amenísimo, sutil a menudo, muy al día, llega a citar el fragmento nuevo de Safo sobre la vejez, editado por vez primera en 2004) sigue una línea cautamente cronológica, aunque trufada por el detenimiento en los valores que cimentaban  la propia historiografía clásica, o sea «la libertad, la justicia y el lujo.» Es decir páginas de historia política (el ascenso crucial al poder de Filipo II de Macedonia o de Julio César) se mezclan, a su tiempo, con otras de mayor hondura cultural, como el capitulo «Los dos filósofos» -Platón y Aristóteles, claro, fuentes hasta hoy mismo del pensar occidental- o el dedicado a Cicerón («El mundo de Cicerón») conseguida simbiosis de cultura y política, en un hombre capital y contradictorio  del que un estudioso moderno ha escrito que «acaso fuera el hombre más civilizado que ha existido nunca» (J.P.V.D. Balsdon «Cicero the man», 1965).

Naturalmente no todos los períodos de tan imponente recorrido pueden tener la misma extensión o el mismo detalle ( Pericles o Augusto tienen más espacio que los Diádocos que sucedieron a Alejandro Magno o que el reinado de Nerón, verbigracia)  pero en verdad nada queda desatendido. Ni el trascendental concepto de «libertad» (siempre frente a «esclavitud»), ni las costumbres sexuales griegas o romanas como la efebofilia, que practicó no sólo Adriano claramente, sino su predecesor Trajano -bailó a orillas del Eufrates con el joven hijo de un dinasta oriental-  sin olvidar el desarrollo de la literatura o la lengua (aunque el latín fue para algunos griegos, como al inicio, una lengua «bárbara») , el auge y caída de Cartago – que no sólo compitió con Roma sino también con los griegos antes-, la gran biblioteca de Alejandría, el perfil más suntuoso de los griegos asiáticos -frente a la sobriedad de la República romana- o las cosechas de trigo en Sicilia,  como el mundo heleno que llegó hasta el actual Afganistán: Kandahar    (tan nombrada hoy) fue una de las últimas Alejandrías…

Ese imponente mundo clásico, en que aún se sujeta nuestro occidente a trancas a menudo, tuvo la contradicción de la esclavitud frente al invento ateniense de la democracia, votaban todos los hombres libres fueran ricos o pobres; cierto tampoco votaban las mujeres, pero en su conjunto es -sigue siendo- uno de los períodos más ricos en cultura y avances varios de la historia humana, aunque las guerras no cesaran mientras avanzó como nunca hasta la Ilustración la medicina o las matemáticas, para no pararnos siempre en las artes. Y es justo que nos apoyemos en tantos valores «clásicos», palabra que viene del latín «classicus» que se aplicaba a la infantería de «primera clase». Perdido el lado militar (ya lo sintió Adriano) es bueno que procuremos no perder tanto como hubo -y se nos ha conservado- de excelente y de «excelencia» (de primera clase), un valor en nada reñido ni con la libertad ni con la justicia, como han sabido y soñado los humanistas de tantas épocas. Un libro excelente, que podría haber sido obra también de un español, pues no son escasos nuestros estudios clásicos, aunque más perezosos, parece.


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