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GÓMEZ ARCOS CASI EN TIERRA DE NADIE

Agustín Gómez Arcos (al que traté mucho y con amistad en sus últimos años) era, acaso, un tipo duro y hasta podía tener una veta de intransigencia, que venía -creo- de un pasado áspero y duro… Nacido en 1933 en un pueblo pobre de Almería -Enix- murió en París, estando casi de visita en su casa, cuando los amigos no lo esperábamos, en 1998. Creo que no dejó testamento y sus cosas fueron a su familia, de la que nunca hablaba. Tenía un gran y antiguo amigo, el actor Antonio Duque Moros (que prefacia esta edición de “Un pájaro quemado vivo”) que muy bien lo pudo heredar. La editorial Cabaret Voltaire, lleva algunos años recuperando a un autor español que se marchó a Francia, que aún no está del todo traducido a su lengua materna y que dejó en francés una novela inédita -y otra, me contó, sólo a falta de una corrección- que aún no han visto la luz en francés, pese a que en Francia (por lo general) tuvo más éxito que en España. Esa novela culminada e inédita, se titula “Feu grand-père” (Fuego abuelo). Algo en verdad raro.

Gómez Arcos empezó en Madrid con éxito como autor de teatro (en español, claro) pero se topó de continuo, pese a premios notables, con la censura franquista. Y no era hombre para soportar eso. Su última obra estrenada en 1964 fue “Los gatos” (con no poco de esperpento y expresionismo) que se repuso, cuando ya volvía y casi vivía de nuevo en España, en 1996. Creo que (como sus versos iniciales, que también ha sacado Cabaret Voltaire, algunos inéditos, “Poesía”) son obras de calidad que hoy chirrían un poco, por el mismo afán de saltar a gritos la tapia prohibida. Era normal -lo ve uno hoy- que Gómez Arcos y su amigo Antonio Duque se marcharan en 1966 al entonces muy glamuroso Londres, y cansados del con todo desencuentro británico, llegaran al revuelto París de 1968, donde desde la pobreza y los trabajos humildes, como camarero en un café-teatro que representaba (sin decirlo) obras escritas por él, Agustín empezara entonces, lentamente, su camino de autor español -nunca renunció a su nacionalidad- que escribía en francés. En 1974 un editor (conocido en el café-teatro) creyó en su proyecto de novela, y le dio un anticipo para que la escribiera. Así nació (en Grecia, donde se fue a escribirla) su primera novela francesa y tan española, “L’agneau carnivore” (El cordero carnívoro) de 1975, que tuvo mucho éxito en Francia y -ya lo adelanté- cuando se tradujo, menos en España. “El cordero carnívoro” (como otras novelas “españolas” de Gómez Arcos, como “Un pájaro quemado vivo”) son parábolas, símbolos y representaciones, en una suerte de realismo bárbaro, del mundo de nuestra atroz guerra civil, que tanto daño nos hizo y le hizo al propio Agustín. Publicada en 1984, “Un oiseau brûlé vif” narra con una muy bella prosa de ribetes líricos, pero también un exceso de drama simbolizado, la historia de una atormentada mujer,  Paula Pinzón Martín, que vive en un indeterminado caserón y que encarna en sí (y en su entorno, en parte familiar) no sólo el drama de la guerra sino -más- los odios y censuras cainitas de una postguerra que, para Gómez Arcos, casi fue tan cruel como la guerra misma. De nuevo, esta novela alcanzó muy notable éxito en Francia y llegó a ser finalista absoluta del prestigioso Premio Goncourt, que ese año se llevó Marguerite Duras con una de sus novelas más célebres, “El amante”. Agustín solía comentar que ese premio (a cuya final llegó dos veces) no se lo dieron por no ser francés, pese a que mucho se alababa la calidad de su escritura… Será ya difícil saberlo.

Gómez Arcos es sin duda un novelista importante-creo que mejor que dramaturgo, más moderno al menos- y eso se ve con nitidez en este “Un pájaro quemado vivo”, de prosa refinada e híspida a la par. El problema hoy de Agustín, ese que he anunciado, le deja algo en “tierra de nadie”, no viene sólo del aparente abandono por sus herederos de sus libros en francés (que son prácticamente todos los que valen, incluida la novela inédita) sino en la doble percepción que de su labor -hablo generalizando, pero es así- tienen lectores franceses y españoles. Para los franceses “El cordero carnívoro” o “Un pájaro quemado vivo” inciden en cierto mundo terrible español –“los caprichos” goyescos- que no les disgusta. No es lo que suele llamarse “una españolada”, pero sí el permanente subrayado de la España lúgubre y trágica de una guerra, que no parece incomodar a nuestros vecinos. Por el contrario, para muchos lectores españoles estas (y otras) novelas de Gómez Arcos tienen un sabor tan fuerte y ásperamente “español” que les resulta cansino, sabido, cuando no cargante. Y eso deja a Agustín más que entre dos tierras o dos aguas, entre dos fuegos. ¿A cuál pertenece? Es pena, me parece, que aún no se hayan traducido otras novelas de Gómez Arcos muy lejanas a “Un pájaro quemado vivo”, por ejemplo, la última novela que publicó en vida (1996, bastante gay) “L’ange de chair”, El ángel de carne. Porque ahí aparece un autor que concilia no poco, esas dos orillas de lectores que hemos comentado.  Alguna vez (porque mi impresión personal es que el último Gómez Arcos tenía el íntimo deseo de volver a España, donde ya pasaba amplias temporadas) Agustín ensayó traducir él mismo alguna de sus novelas al español, así lo hizo con la titulada originalmente “L’aveuglon” (El cegato) , publicada en 1989 -la acción transcurre en Marrakech- y que el autor en la edición española de 1991, tituló “Marruecos”, que es el apodo que dan al chiquito protagonista. Mezcla de traducción y reescritura, es curioso que a Agustín se le escapara algún galicismo como “enturbanado” en lugar de enturbantado… Hubiera sido otro camino conciliador que Gómez Arcos tampoco terminó de seguir. “Un pájaro quemado vivo” es una estupenda novela de realismo simbólico, de parábola, que es posible que a algún lector español le suene de puro españolismo a un tanto antiespañola. Pero Gómez Arcos, entre dos mundos, vale de veras la pena.

 

 


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