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Gil-Albert, bello heterodoxo

Si ser heterodoxo es – aún – una categoría de lo español, lo español herético, es porque España (moralmente, políticamente ) ha sido siempre un país demasiado ortodoxo, al menos de puertas para fuera. Como saben, conmemoramos este año el centenario de Juan  Gil-Albert, alicantino y valenciano, pero hombre – como es lógico en quien reflexiona – de espíritu universal. Gil-Albert, excelente poeta, yo diría que fue, aún, un prosista mejor. Porque su prosa – de cuño muy autobiográfico- le permite no sólo lucir, en ritmo  e imagen, su omnipresente elegancia, sino también reflexionar, meditar sobre la Historia y sobre el hombre que la hace o la padece…

                   Su tiempo fue injusto con Juan Gil-Albert ( al que aún  no  hemos terminado de hacer justicia, aún no tiene el puesto que merece en la literatura española) pero esa injusticia que le relegó tantos años al exilio exterior, le permitió también (padeciendo la Historia que le dejaba a un lado) verla desde fuera y pensarla, ordenando de otro modo los sentires y los acontecimientos. Juan Gil-Albert, de aristocrático pensamiento, pero republicano efectivo, repensó la historia de España en dos libros excepcionales: Drama patrio y España, empeño de una ficción.

              Sin embargo la clara heterodoxia de Gil-Albert ( republicano aristocratizante, laico, pagano, hombre educadísimo y sensato) se hizo más visible, acaso, en el terreno de la sexualidad – de la libertad sexual – al dejar claras sus tendencias y gustos homoeróticos, claramente emparentados con el ideal griego del muchacho hermoso, escrito en la cerámica ateniense. Tuvo,  naturalmente – nadie negó menos sus orígenes que él – otros dos maestros cercanos, que lo fueron además en el siglo XX europeo y español: André Gide y Luis Cernuda.

Gil-Albert escribió un magnífico – y literariamente espléndido-tratado sobre la condición homosexual, Heracles, sobre una manera de ser, escrito en 1955 y que hubo de reposar en el cajón hasta 1975. Y una hermosa novelita además ( llevada al cine recientemente, pero no con mucho acierto) Valentín -1974 – que es la historia de un amor juvenil entre actores shakespearianos, sin embargo importa más en la belleza y serenidad del texto, las reflexiones del autor, las meditaciones líricas, que el argumento. Y aún escribió Juan otra novelita, Los arcángeles ( 1980), donde queda más ascendida su pasión por la belleza de la juventud.

Alguien le preguntó alguna vez si, en Heraclés, no era demasiado idealizada su visión de cierta condición homosexual. Juan respondió con la calma sabiduría que lo caracterizaba: Creo que no. Pero si lo hubiese elevado un poco, tampoco importaría. Es un tema que ha estado tanto tiempo en el barro, que no pasa nada porque se lo eleve un  poco…

La heterodoxia de Juan Gil-Albert, tan clásica diríamos, aún tan ática, enseña algo muy fundamental, y en especial para la habitual intransigencia española – tan unida a una intolerable visión religiosa – y es que con respeto, con  armonía, con  equilibrio, todo es posible. En los días de Gil-Albert se veía más difícilmente la pluralidad, y aceptar lo distinto, parecía poner una pica en Flandes. Hoy sabemos que hay que aceptar lo plural – lo distinto – no sólo por paridad democrática, si no porque la pluralidad está en el mismo seno de la persona. Todo hombre es uno y muchos. Gil-Albert ( su prosa serenamente iluminada ) es un lujo de nuestra reciente alta cultura. Un lujo que merece un sitio mejor que un  homenaje.

 

                                 

 

                                 

 

                                     

 


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