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GERARDO Y LA CASA DEL CINE (RELATO)

Tuve hace mucho tiempo un novio, muy hermoso, de veinte años y ojos verdosos que se llamaba Gerardo. No sé qué habrá sido de él a estas alturas, sólo puedo recordar (y glosar) el muy exacto aforismo de Wilde, que siempre tiene razón, como suele afirmarse: Algo trágico ocurre cuando los jóvenes empiezan su vida con un exacto perfil y acaban luego por dedicarse a alguna profesión útil, y lucrativa, no hay que decirlo. Gerardo andará por ahí, porque pese a su preciosa y dulce imagen de madrigal, tenía no poco genio -también yo lo tengo- y propendía a posturas buenamente conservadoras… No recuerdo que fuera especialmente aficionado al cine, pero tampoco le hacía ascos. Temía, eso sí, pero con prudencia, que yo le llevara a lo que él denominaba “una película rara”. Yo diría que “El cielo protector” de Bertolucci, basada en la primera novela de Paul Bowles, no era nada especialmente raro, aunque no estuviera en los códigos burgueses, que a mí nunca me han fascinado. La acababan de estrenar. Y -obvio- tanto Bowles (ya viejito) como Bertolucci aún vivían. A Bowles lo conocería en Tánger al verano siguiente -hablaba bien español- pero es otra historia o casi…

Quedamos una de tantas de nuestras tardes -casi un año- el bello Gerardo y yo para ir a ver “El cielo protector”. Yo había leído la novela, hacía ya unos años, y sabía que se sitúa en Marruecos, en el interior, en los años 40 (el libro se editó en el 49) entre una mujer y dos hombres, en un escenario entre exótico y hostil, donde desamor o atracción, enfermedad y misterio, componen una visión existencialista con un fin que es una desesperada huida hacia adelante, en medio de la crispación y del resultado turbador e incierto. No recuerdo mucho de aquella tarde, antes de entrar al cine. A mí me gustaba mucho Gerardo, que me regaló una preciosa foto suya dedicada, con solicitud de más amor, y acaso por todo ello, no viera mal que me llegara a insinuar -tan formal él- que algún día terminaríamos yendo los dos juntos a misa de 12, el domingo. Sí, tan católico y tan deliciosamente gay.

A mí la película aunque no me fascinó, me gusta. Y me paseó por ámbitos queridos. Gerardo guardó estricto silencio durante la proyección y cuando, al salir, estábamos juntos en un bar bebiendo un trago, le pregunté qué la había parecido la cinta…

-Sí, me ha gustado. Está bien hecha. Pero toda ella es un disparate.

-¿Por qué, amor?

-Bueno, están enfermos, sufren, viven momentos horribles, con celos entre los tres, y en lugar de regresar al lugar de partida, siguen adelante, cada vez peor. Más desesperados…

-Es una clásica situación existencial. Se sigue porque buscas, acaso sin querer del todo, la salvación en el abismo. Aunque en esa huida adelante, resulte inevitable el abismo, que resulta así otra experiencia…

Gerardo, entonces, rompió sin aspavientos la contención: Ya lo veo. Son locos como tú. A nadie medianamente normal se le ocurriría hacer eso. Y me besó de repente. Pero yo intuí mejor, muy de súbito, que mi lindo Gerardo parecía poco llamado por los laberintos del arte, mientras que le interesaba la vida como es debido (aunque fuera entre hombres) y los negocios, el dinero, los trajines de la empresa que, ay, a mí -pobre de mí- me aburrían mortalmente. Espero -concluyó- que llegado el caso, no fueses a meterte, con fiebre, desierto adentro. Contesté, con falsa ingenua sonrisa. Pues espero que no, claro que… No, amor, pensando en ti, no lo haría. Y siguió aquella tarde remotamente feliz con Bowles y Bertolucci, que terminaría en una cama dulce.

Pero es lo cierto que si mi historia con Gerardo, el bello, aún tardó  un par de meses en cerrarse, fue en la tarde rara de “El cielo protector” cuando me di cuenta (aunque intentara ocultarlo de inicio) que aquel chico tan perfecto y yo -tan loco- teníamos, al fondo, poco, muy poco que ver y que por ello, todo terminaría y se cerraría -no sé nada de Gerardo ya- aunque hubieran sido tantos y tantos los besos. Gerardo habrá sido (no lo puedo dudar) un partido excepcional para alguien. Un gran hombre de negocios. Pero yo caminaba otras sendas -como Bowles y Bertolucci- que al dulce chico navarro le parecían, sin más, un disparate. Adiós, querido Gerry, todo fue delicioso y todo efímero. No sé, se me ocurre que igual que en una película. Incluso de las que tú prefieres, que, por cierto, nunca tuve claro en exceso cuáles eran. Salutem plurimam!


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