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Decadencias

Genji, el príncipe brillante.

Por fin dos editoriales (Destino y Siruela) anuncian la publicación en dos tomos -como suele hacerse- del clásico por excelencia de la narrativa japonesa, “La novela de Genji” (Genji Monogatari), escrita a finales del siglo X o principios del XI, por una dama de la corte Heian, a la que conocemos como Murasaki Shikibu, que escribió también un diario íntimo. Hasta ahora sólo habían aparecido en español algunos capítulos o episodios sueltos, en forma de libro breve (por ejemplo  “El romance de Genji”, que la editorial Juventud de Barcelona publicó en 1941, en traducción de Fernando Gutiérrez. 273 páginas -el más largo de los dichos fragmentos- cuando sólo el genuino primer tomo tiene 885). Decir que no estaba traducida al español  “La novela de Genji” es exactamente igual que afirmar que no se hubiese traducido “El Quijote” al japonés, lo que no es exacto.

Historia del permanente deseo y de los amores varios de un príncipe (algo Don Juan) llamado Genji, que no llegará a emperador y que terminará, como las muchas mujeres que le aman, en el desengaño, es la trama (muy plural y llena de poemas) de la vida de este príncipe, al que siempre se alude como “el príncipe brillante “o “resplandeciente”. Siempre que se evoca o habla de esta novela se recuerda “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, y no sólo, claro es, por su longitud. Ambas novelas hablan de una sociedad aristocrática y un tiempo pasado y refinado (como la propia Murasaki) que se desvanece y muta. Cuando se publicó la primera versión inglesa de “Genji” (1923 y 1933) obra del benemérito y muy literario Arthur Waley, se descubría también y se valoraba a Proust. Al mismo tiempo. Decía el niponólogo inglés Donald Keene que, “Genji”, sin embargo, tiene otra estructura, exactamente la de esas pinturas orientales que se desenrollan horizontalmente, y que si en su centro tienen el cogollo de la trama o de la acción, con múltiples personajes, al inicio y al fin, son tan sólo -o parecen- al ser vistas  un paisaje con muy pocos hombres, luego un caballo, luego, casi perdido en la neblina, un soldado solitario…

Pues, como cabe suponer, toda la novela de Murasaki Shikibu, aunque inflamada de deseos, está atravesada por el budismo, por la sensación que genera de ilusión, vanidad y pérdida. La soleada inanidad del mundo. Novela lírica -y muy narrativa- de una suave belleza melancólica, su primera parte (que acaba de aparecer) se  subtitula “Esplendor”. La siguiente, ya anunciada, será, en tal lógica, “Catástrofe”. El mundo transcurre brillante y fangoso y de las felices nieves de antaño sólo puede quedar, el recuerdo y la belleza de un texto. Este texto femenil, porque las damas de la corte escribían en japonés cuando los caballeros lo hacían aún en chino. Un bello mundo de bruma.  Como en el célebre haikú de Issa: “Un mundo de rocío/ es un mundo de rocío. Sin embargo./ Sin embargo…”


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