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Decadencias

Genet y Borges

 Fueron (por motivos muy diferentes, la literatura es plural, varia, pese a los dogmáticos de nuestro país) dos de los más singulares escritores del siglo XX. Jean Genet representó -acaso como nadie hasta su momento, al menos de modo tan abierto, tan radical- una literatura (novelas líricas, teatro) que se oponía sin ambages a lo establecido, y que asumía como propia la voz del “mal”, de los acusados, de los malditos, de los perdedores. Claro que no le faltaron (tras su vida preliteraria y lumpen) apoyos de relevancia, Cocteau y Sartre, sobre todo; pero su discordia, su insumisión estaban ahí y siguieron estando, nunca quiso nada con el Orden, apoyó a los “Black Panthers” americanos y a la OLP palestina. Murió en París, en un hotel ( no quiso tener domicilio fijo) el 18 de abril de 1986, y fue enterrado casi un mes más tarde en Larache -Marruecos- en un abandonado cementerio de legionarios españoles, frente a una antigua cárcel y un antiguo burdel: lugares que respetaba. Fuera de toda gloria pública.

Jorge Luis Borges fue, es cierto, la cara opuesta de la moneda, desde una acracia de faz conservadora. Borges prefirió la literatura a la vida. La Biblioteca de Babel fue la metáfora de su mundo y del Universo todo, fascinante y oscuro. Aunque en su época más brillante, en Buenos Aires, era un distinguido y minoritario escritor de culto (relatos, ensayos, poesía), al fin, el ciego Borges paseaba por el mundo siendo aclamado y agasajado por público y universidades, que lo veneraban. Sus conferencias eran multitudinarias. Sólo el premio Nobel se le resistió, en lo que ya parecía una propia broma  borgiana. Todo lo tuvo. Murió en Ginebra el 13 de junio de 1986, para muchos extrañamente lejos de Buenos Aires, y allí está enterrado. La cultura no tiene patrias. Es quizá lo único que también Genet hubiera suscrito. Genet hizo gala de su homosexualidad vindicatiba. Borges se enfadó con un amigo porque, en broma, sugirió que en su adolescencia había conocido por azar esa sexualidad, que no entendía.

  ¿Qué queda de ambos, veinte años después de su muerte? No siempre es fácil contestar con esta contundencia: Literariamente todo. Son dos clásicos absolutos. Uno formado en Racine (en la cárcel) y el otro en Quevedo, y en la biblioteca paterna. Los personajes, que nos fueron de un modo u otro tan cercanos -yo merendé varias tardes con Borges, y lo vi a menudo- se van difuminando y alejando. La homosexualidad oficial sigue caminos bendecidos que hubieran horrorizado a Genet, que creía en la transgresión, y que sólo hubiese asistido a una boda entre hombres, como a una parodia, entre gritos de travestis y golfos, porque ocurriría en un cabaret y no en un juzgado civil. El beneplácito de Borges hacia las dictaduras del Cono Sur, en los 70, ya le costó el desprecio de algunos en vida. El hombre             (vacilante, inteligente, débil) no encaró el abierto vivir, ni pudo olvidar la sombra de su madre. Si el Borges hombre parece destinado al análisis freudiano, el Genet hombre se diría un ejemplo casi imposible ahora. Pero “Pompas fúnebres” o “El Aleph” son maravillas. Platino iridiado. Hermoso basalto puro. Literatura sin marketing ni adjetivos.


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