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Decadencias

Fernando Vallejo y el apocalipsis

Conocí a Fernando Vallejo hace años en un bar de Madrid y nos presentó un chapero brasileño. Yo había leído ya su autobiografía (reiterativa pero con espléndidos momentos de prosa), su desordenada pero imprescindible biografía del poeta tardomodernista colombiano que murió en México, Porfirio Barba Jacob y su magnífica novelita –diría que su obra maestra- “La Virgen de los sicarios”,llevada al cine. Vallejo, que también vive en México aunque vaya de cuando en cuando a su execrada Colombia, me pareció un tipo cordial y nervioso, inteligente y energético, que hacía bueno lo que tanto repite en sus escritos y que (en parte) sonó ya en algunos poetas griegos: Este mundo es una mierda y va de mal en peor, porque los políticos son zafios y la hez de la clase, porque los pobres son tontos y se dejan manejar, porque todo es rapiña, trepadurismo y violencia, y porque la superpoblación (vuelve a Malthus) es el gran enemigo del orbe, de la civilización y de la Tierra misma. Todo es desastre y más desastre y por eso lo que más odia Vallejo (aparte de la Iglesia católica contra la que escribió un libro muy duro, “La puta de Babilonia”) es a una mujer embarazada, que no le produce ternura ninguna, sino horror. Bien –dirán- y qué se salva de tan agónico y sucio y maniobrado apocalipsis: sólo los benditos animales (hay un lado dulcemente franciscano en Vallejo) y la hermosura de los varones jóvenes, flores de adolescencia crecida, que pocos años, muy pocos años (mientras no muden o los mude el tiempo) serán el mejor, el casi único ornato de la vida. Ahora Fernando Vallejo acaba de publicar (también en Alfaguara) una última novela, que no dice casi nada que no supiéramos, pero que nos hace gozar de su prosa y paladear sus infinitos dicterios contra casi todo, incluida España que pone visado inmisericorde a sus antiguos súbditos de Colombia. ¡Mal por España!. La novela (casi enteramente dialogada) se titula “El don de la vida”, pero tiene muy poco a favor de la vida y mucho a favor de que todo termine (somos una minúscula arenilla en el universo casi infinito) y nos llegue al fin la única tranquilidad, que será la muerte. Como avisé que decía algún poeta griego arcaico (Teognis) “lo mejor para el humano sería no haber nacido.” Pero, como ya estamos en este estercolero (dice el hombre sentado en la banca de una plaza de Medellín, y que pasa revista a su vida y opiniones para su doble, sus amigos o las sombras) no nos queda otro remedio que protestar de este mundo horrendo, gobernado por el Mal a cuya cabeza ve el autor al papa retrógrado Benedicto XVI. “El don de la vida” dice pocas cosas de Fernando Vallejo que no supiéramos ya, pero las dice y ajusta muy bien, no tiene pelos en la lengua, es incorrectísamememte político, y no deja títere con cabeza. Pero un autor así (pienso en Bernhard o en Luciano de Samosata) es de cuando en cuando gratificante y sano, como bocanada de aire fresco. El autor, que dice no querer pompas ni premios y que aspira a que su cadáver sea pasta de los gallinazos, describe así a la multitud que llena las calles hablando vácuamente por el móvil: “Ahí van pegados a esos aparaticos imbéciles los bípedos zafios de esta raza tarada caminando como zombis parlantes.¡Ay, tan importantes ellos!”. Pues eso es. Todo está dicho y bien dicho literariamente.


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