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Decadencias

Félix Yussupof, el mundo dorado.

Fue un personaje fascinante. Atractivo, inmensamente rico, el príncipe Félix Yussupof (1887-1967) era también conde Sumárakov-Elston. Estaba casado con una sobrina del zar Nicolás, la princesa Irina. Por eso llegaron a tener una «boutique», en el exilio de París, claro, llamada «Irfé» (Irina/Félix). Yussupof se hizo famoso, en 1916 -durante la guerra y poco antes de la revolución bolchevique- junto al gran duque Dimitri, la «jeunesse dorée» del gran mundo ruso, porque mató al monje Rasputín en su palacio de San Petersburgo, junto al Neva. Se decía ( y era cierto) que Rasputín, grande, tosco y misticoide, tenía dominada a la zarina Alejandra. Rasputín, envenenado y acribillado a balazos, tardó en morir, pero antes de tirarlo al Neva, los elegantes anfitriones observaron su portentoso miembro, que aun se conserva en formol…

Enormemente atractivo y ambiguo de joven (como lo muestra el retrato de Serov, el gran simbolista ruso, en la portada del libro que comento) Félix iba por las noches a los grandes y más lujosos restaurantes de Moscú, ataviado con los trajes y las joyas fabulosas de su hermosa madre. Se parecían y más de un joven cadete noble cayó en la trampa. Todo esto lo cuenta -como una gracia, un divertimento- un Félix Yussupof casi viejo en  «Memorias de antes del exilio» que acaba de republicar Alba. El libro (con el sobrio título de «Avant l’exil») se publicó en París en 1953. Yussupof cuenta su vieja riqueza y su vida alegre y fastuosa desde su nacimiento a 1919, pero no puede ir demasiado al fondo. El libro ya salió en español en  1954, traducido entonces con infidelidad pero con realismo como «Esplendor perdido». Ahora lo ha traducido Isabel González-Gallarza, entonces el poeta Enrique Badosa. El libro es más historia que literatura, pero nos asombra esa abundancia de fasto y lujo. En 1926 (cuando el tema aún resultaba cercano y el exilio blanco estaba en su apogeo) Yussupof publicó un librito titualado «Cómo maté a Rasputín», editado en español en 1929, y reeditado el año pasado con epílogo mío por la editorial Nevsky Prospects como «El final de Rasputín». Se ve que los traductores no se ponen de acuerdo en los títulos. La historia del joven y rico Yussupof y el crimen de Rasputín fueron varias veces llevados al cine, una con música de Darius Milhaud. Yo creo haber visto de muchacho «Les nuits de Raspoutine» (1960) de Pierre Chenal, en la que el propio príncipe, muy elegante aunque ya viejo, en su despacho parisino, acreditaba que todo aquello -la difícil muerte del monje vagante y los lujos subterráneos de su palacio-  era todo cierto.

Supongo que Yussupof vivió siempre con cierta melancolía por todo lo perdido. Pero quizá me equivoque, pues si los fastuosos palacios quedaron en la Unión Soviética (¿qué será de ellos ahora?) los seres con dinero y desprecupados llevan la alegría -la verdadera «joie de vivre»- en el alma, y parece casi inextinguible. Es decir que el esplendor seguiría: los yates en Niza, los marineros griegos, las rubias de New York… Cuando quieres representarte la Rusia prerrevolucionaria puedes pensar en Tolstoi, en Dostovieski, en Turgunev, pero al lado debes poner a los poetas que sufrieron -Ajmátova, Pasternak- y a Félix Yussupof y quizá a los ballets de Diaghilev, a Nijinsky, a Lifar, al maravilloso Baskt… La estepa, la nieve, la melancolía y …el lujo.


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