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Fantasma y heroína

Tom Carnwath e Ian Smith. “El siglo de la heroína” Trad. Xavier Zambrano. Melusina, Madrid, 2006. 303 págs.

 

Estamos ante lo que quiere ser un ensayo de divulgación, más médico, histórico, sociológico o científico que estrictamente literario. Un libro de sabia, fácil y amena lectura sin adornos, para entrar con sosiego, cautela, prudencia y visión liberal y humanista, en un tema tan políticamente incorrecto hoy como la heroína, droga inventada en Inglaterra pero comercializada por primera vez en Alemania, hace poco más de un siglo. De ahí el título del volumen. Sólo el siglo XX ha podido ser el de la heroína. El británico Wright y los alemanes Von  Mering e Eichengrun  fueron los finales descubridores -en 1897- de la diamorfina, nombre químico de lo que se llamó (porque podría dar lugar a tratamientos “heroícos”, renovadores) heroína. Como antes a cierta solución opiácea se le dijo “láudano”, del latín “laudandum” o sea digno de elogio… (Por cierto, la aspirina y la heroína se descubrieron a la par, y ambas proceden de la acetilación del ácido salicílico una, y de la morfina la otra).

¿Verdad que cuando hoy hablamos de heroína – o “caballo” o “jaco” en argot- no pensamos en un descubrimiento químico-médico, con el que se creyó paliar o curar la tuberculosis? “El siglo de la heroína” está escrito por dos autores que complementan su visión: Tom  Carnwath es médico y está especializado en el tratamiento a toxicómanos. No ha probado la droga. Mientras que Ian Smith, fue heroinómano, y luego se hizo sociólogo. Ambos coinciden en que si bien sería absurdo recomendar el consumo de heroína, el discurso oficial sobre esa droga, muy adictiva, ha creado un fantasma. También están de acuerdo en que la prohibición y el submundo mafioso que genera, está en la base de muchos daños que se atribuyen a la heroína en sí. Se dice que al heroinómano, por ejemplo, se la pudren y caen los dientes. Los autores contestan que eso le ocurre al yonqui que, a través del uso de agujas infectadas, contrae múltiples enfermedades infecciosas, que nada tienen que ver con la heroína. (Distintas hepatitis, pústulas, sida…) “Casi todos los riesgos sanitarios asociados a la heroína derivan de la práctica intravenosa.”

Distinguen la época en que la heroína fue un producto médico, del momento (esencialmente al filo de la 2ª Guerra mundial) en que se convierte en objeto de tráfico y consumo ilegal, destruyendo el ecosistema de los lugares donde se produce adormidera sin control o creando -son ejemplos varios de un panorama muy extenso y complejo- desde la invisibilidad del “consumidor estable” ( que tiene trabajo y dinero, que hace su vida normal aunque fume o se inyecte heroína) a la imagen marginal y desastrada del “yonqui callejero”, pasando por la boga de esa droga falsamente creativa -en realidad actúa de lenitivo a problemas psíquicos o emocionales- en el mundo del jazz (Billie Holiday, Charlie Parker, John Coltrane) del pop o de la literatura: Basquiat, Lou Reed, William Burroughs, Anna Kavan, Jim Carroll etc…

¿El yonqui delinque por ser adicto a la heroína o porque vive un ámbito ya previamente marginal y duro, donde la carencia de su dosis se le convierte en imagen de su propia situación socialmente desesperada? Quizás -advierten lo autores- cuando las autoridades pasan el asunto de la heroína del campo médico-social al policial, encuentran un vistoso pretexto para actuar en el control de estilos de vida inaceptables para la clase media. “Luchando contra las drogas se meterá en el mismo saco a una amplia proporción de las clases peligrosas”. El  libro trata, obviamente de la adicción y de la posibilidad (real para los autores) de salir de ella. Pero también de los diferentes tipos de heroína: “azúcar moreno” o “alquitrán mexicano”. No faltan alusiones a la aparición -en los pasados años 80- de la heroína en el arte y en el diseño de moda: el “heroin chic” de David Sorrenti (que murió de sobredosis) o el “arte heroinómano” en las fotos nada glamorosas de Nan Goldin. El estilo “cool” (frío o guay) como derivación de una estética drogada. Pero sostienen que la mayoría de las muertes por sobredosis ocurren en politoxicómanos que han mezclado la heroína con otras drogas, y concluyen tan ancho trazado, sugiriendo que el “éxtasis” es peor que la heroína y lamentando que hoy, en este controvertido campo, médicos y sociólogos hayan dejado la voz a políticos, jueces y policías. El libro no es en absoluto extremista, sino inteligente, sencillo y cauto. Simplemente no se deja llevar por el pánico.


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