Decadencias
Exiliados románticos
Con un artículo del Pere Gimferrer de 1970 que sirve de prólogo (y que nos devuelve el tono más “novísimo” del poeta) la editorial Anagrama ha tenido el acierto de reeditar un libro más que clásico entre la biografía y la historia, o si se quiere de un modo muy ameno y a la par extremadamente docto de narrar la Historia, un libro que llevaba casi treinta años fuera del mercado español, obra de un famoso historiador y eslavista británico, E. H. Carr (1892-1982), autor en catorce volúmenes de una “Historia de la Rusia Soviética” y también –la edición inglesa es de 1933- de este recuperado “Los exiliados románticos. Galería de retratos del siglo XIX.”
Con la ya aludida amenidad y calidad literaria que en nada amengua su muy notable erudición, este libro trata de unos singulares personajes, hoy casi olvidados, pero que no sólo están detrás de las más importantes ideas revolucionarias del siglo XIX, sino del más característico modo de vivir romántico. Es decir, el libro nos cuenta lo privado y lo público, como modo de leer y entender unas vidas excepcionalmente apasionadas. Se trata principalmente (pero no sólo) de la vida de Alexander Herzen y de su amigo Nikolai Ogarev, escritores y revolucionarios, a los que se debe el andamiaje todo de la Rusia antizarista. Ambos fueron además amigos del también exilado Mijail Bakunin, que asoma a ratos por estas páginas, aunque no comulgaran (sobre todo Herzen, luego respetado por los soviéticos) con su visceral anarquismo. Alexander Herzen (1812-1870) se exilió de Rusia en 1847 y como era rico –su padre era un aristócrata, Iván Yákolev, que lo había tenido extramaritalmente con una dama alemana, pero que le legó su fortuna- vagabundeó con su familia y allegados por Europa, deteniéndose en Berlín, en Niza, luego bastantes años en Londres –donde coincidió con Marx- y finalmente en París, donde murió, sin regresar a una Rusia, que jamás dejó de sentir como su patria. Escritos teóricos sobre el “socialismo campesino” y la modernización de Rusia, se mezclan con unas hermosas memorias, “Pasado y pensamiento” y con una intensa sentimentalidad romántica que le llevó a participar en complicados tríos sentimentales, como el que unió a su esposa Natalia con el poeta alemán Herwegh y más tarde con la esposa (Natalia también) de su gran amigo de juventud y también revolucionario, Nikolai Ogarev (1813-1877), que tampoco volvió nunca a Rusia. El biógrafo trae muy a menudo a cuento las novelas (entonces muy en boga) de la francesa George Sand, porque en efecto, tantos líos y vericuetos sentimentales, tanta (lograda o no) voluntad de feminismo, tantos deseos de suicidio o suicidios entorno, tantas crisis del corazón frente al más sereno Herzen, nos conducen por toda Europa a un clima emocional que sólo puede ser tildado de extremadamente romántico. O como dice Carr: “Por este tumultuoso mar de sentimientos desordenados, Natalia navegó a la deriva…” No importa cuál de ellas ahora. Pero lo mágico es que tanta vida al límite permitiera también celebrar el final de la servitud en Rusia y fundar “La Campana” la publicación rusa de los “emigrés” más importante antes de la Revolución bolchevique. Casi novela sentimental trufada de política y excéntricos personajes amantes de la libertad, “Los exilados románticos” es un libro cautivador y extrañamente moderno. Véanlo.
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