Decadencias
Esplendor de la copla
Una muestra del tema en la Biblioteca Nacional y la próxima inauguración de otra monográfica en Madrid sobre el mítico Miguel de Molina, nos pone (gozosamente para mí) en la secuela de este género singular y apasionado que antes de llamarse “copla” se conoció como “canción española”. A mi entender siempre ha tenido dos ramas: una más populista (que algunos no se recataban en llamar “hortera”) con Juanito Valderrama o Manolo Escobar y otra más refinada, dentro de lo popular, con las voces de Miguel de Molina, Conchita Piquer, Juana Reina o más recientemente Rocío Jurado e Isabel Pantoja. Ninguna estrella ha podido prescindir de la tonadilla. A los hechos me remito. Esta veta de la copla más fina (la que popularizó en la voz de la Piquer las secuelas del “Romancero gitano” de Lorca) tuvo dos trío célebres de compositores y letristas: Quintero, León y Quiroga y Ochíata, Valerio y Solano, poco después. A ellos se debe una parte de la “educación sentimental” de la España de la posguerra, como dijo Vázquez Montalbán y todo un código de trasgresiones que la vida admitía y la policía no. Yo conocí al maestro Juan Solano (grueso y ya mayor) en bares gays y hablamos mucho de copla. Un día me propuso visitar a Rafael de León –poeta y marqués, alguno de sus libros los ha reeditado Renacimiento-y en su casa con criado lo vimos una tarde. Murió un año después. Rafael de León nos contó como se la ocurrió la famosa canción “Ojos verdes” (“Apoyá en el quicio de la mancebía…”) en 1935, estando una noche en el puerto de Barcelona, con Federico, ante un marinero de ojos verdes… Canciones como “Madrina” o “Amante de abril y mayo” no sólo recrearon ese lorquismo populista, sino que colaron un gran gol a la catequética y ridícula moral del franquismo. Canta: “Que aprendan todas de mí/ay de mí, ay de mí/ a querer como las locas…” Muchas de nuestras cantantes han cantado sonetos (supongo que sin saberlo) como ese que dice: “Tienes la línea de los labios fría/ fría por algún beso de pecado/ beso que yo no sé quién te daría/ pero que estoy seguro que te han dado…” Cuando llegamos a la casa, se marchaba un hispanista con magnetófono, que le había preguntado sobre Lorca y el folklore. Al irse dijo: ¿Así es que Lorca mamó mucho del floklore, verdad? A lo que el marqués replicó, guiñándonos un ojo: “Pues sí, mamar, mamar, mamó lo suyo, sí”. Creo que el hispanista no entendió. Era todo ese mundo pasión y desgarro y un clavel varonil oculto: “No nos casaremos nunca y seremos siempre novios”. Mucho más injustamente olvidado está el onubense Sandro Valerio, también poeta de libro, de amores y galanes de noche, y autor (nada menos) que de la letra de “Tatuaje” que la Piquer arrastraba “de mostrador en mostrador”. Es muy posible que ese mundo, vitalísimo y golfo, haya muerto y es cierto que la copla no termina de renovarse, quizá porque vivimos tiempos aborregados. Pero mucho de nuestro salvaje y refinado corazón, muchos vicios y virtudes nuestros viven en el corazón de la copla mejor, y por eso se continúa cantando (ahora muchas más mujeres que hombres, pese a Falete) y no hay artista de baladas o canciones de amor que pueda prescindir –Rocío Jurado las bordaba- de un buen plantel o recital de copla. ¿Qué queda nuestro dentro de esa letra y esa música? Mucho aún, diría.
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