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España y la religión católica.

 Siempre (decía un viejo profesor mío) los españoles hemos ido detrás de los curas. Ora con una vela ora con una estaca. Algo no funciona. Metiéndose en camisas de once varas (pues el gobierno es, desde hace siglos, civil) los obispos andan diciendo que preferimos los linces a los fetos, que la ciencia moderna es el «mal» y antes, que en España había «cristofobia». Algo sigue sin funcionar nada. La figura de Cristo- real o no, al caso no importa- es respetada (en lecturas muy distintas) por muchos católicos y no católicos. No hace mucho le oí decir al académico y novelista Álvaro Pombo, en una radio, que se podía ser cristiano y homosexual, pero que ser católico y homosexual -sobre todo con estos obispos- no era posible. Si se hiciese una encuesta sobre Cristo saldría sin duda alguna mucho mejor parado que el papa Ratzinger, aunque a lo mejor algunos al responder pensaran en el Cristo de la «teología de la liberación», en el Cristo de Ernesto Cardenal y no en el Cristo de Rouco Varela. Cristo es respetado, sino querido. Pero no es lo mismo «Cristofobia» (que no la hay) que «eclesiofobia», que esta sí es  ya posible que exista… Pero no es lo mismo odiar a Cristo que odiar a la imagen pública -es decir jerárquica- de la Iglesia católica…

De haber «eclesiofobia» esta no es gratuita ni siquiera espontánea; si pudiera decirse así, hablaríamos, en este caso de un odio (o si se prefiere más educado, de una actitud beligerante) de respuesta. Hay muchos colectivos en contra de la Iglesia católica española no porque sea católica ni iglesia, sino porque ella es muy agresiva contra quienes no están de su parte. Es una de las mayores contradicciones del cristianismo, hablar de piedad, amor y caridad, y añadir «el que no está conmigo está contra mí». Rara lógica. El obispo aludido al inicio, sin duda ha oído hablar de «homofobia», «transfobia» (odio a los transexuales), «bifobia» (odio a los bisexuales) y otras fobias hacia grupos o actitudes que él -y el catolicismo riguroso- reputan como «pecados», así es que iniciando el contraataque, ha inventado la «Cristofobia». Pero es que el catolicismo español (sólo comparable al italiano) no es benigno, ni manso ni respetuoso. Siguiendo la tradición ignaciana de los «milites Christi» (soldados de Cristo) combate a todos los que no lo acatan. ¿Es contemporáneo -en el sentido histórico del término- que la Iglesia católica sufra porque hay gente que la respeta, pero no está en sus filas, y quiera hacer morder el polvo a todos los que no la acatan, ya que por el momento no puede llevarlos otra vez a la hoguera?

Este es (no lo olvidemos) uno de los problemas que la España actual tiene sin resolver y debe hacerlo con sabiduría y modernidad. Manuel Azaña se precipitó al decir aquello de «España ha dejado de ser católica». O quizá no le entendieron. Acaso quiso decir que el Estado había dejado de ser católico y que el pueblo (con libertad religiosa) podía elegir entre ser católico, protestante, budista o ser agnóstico o ateo. Claro que el atrasadísimo  pueblo español de aquellas calendas difícilmente podía elegir nada, ignorante como era. España -Menéndez Pelayo lo recordará a menudo- se había formado como Estado al unir, bajo los Reyes Católicos, religión católica e hispanismo o españolidad. España no sería sino era católica. Por eso consiguió tener una Inquisición propia, no dependiente de Roma, y perdidas las guerras de religión en Europa a fines del siglo XVII (y con ellas nuestro poder europeo y nuestro marchamo de nación moderna) cerrar el país a toda herejía -y a cualquier novedad- al grito de «¡Santiago y cierra España!».  Aquí pusimos rigurosamente en práctica la idea básica del «cesaropapismo» que inventó el emperador Constantino y que, de alguna manera, ha estado detrás de muchas «modernas» democracias cristianas, por ejemplo de la italiana, hoy aparente (sólo aparentemente) extinta. Cuando al viejo lobo Andreotti -que lo fue todo en su país, quizás hasta incluso mafioso- le preguntaron qué cuántos años llevaba gobernando la Democracia Cristiana en Italia (teóricamente desde 1946) él replicó con fina sorna que pocos entendieron: «Desde Constantino el Grande». No se equivocaba. De manera distinta pero parecida, la Iglesia católica manda en España desde los Reyes Católicos hasta Franco inclusive, con pocos momentos de ausencia, como la II República, mal vista cuando no excomulgada por la jerarquía católica española, que saludó brazo en alto, y en su casi integridad fue franquista. ¿Cómo no pensar -tras tantos siglos de poder de la mano de la derecha tradicional, desde Felipe II a Francisco Franco, pasando por Fernando VII o por Felipe IV, aunque a los reyes se les permitieran no pocos deslices, carnales sobre todo- que a la Iglesia española de hoy, y a algunos de sus más fieros secuaces, opusdeístas sobre todo, se les haga muy difícil pasar a ser uno más, respetados, pero sin poder político ninguno? No lo aceptan. No pueden, no saben, no quieren… No sé qué es peor, pero el caso es que tenemos a una Iglesia permanentemente amotinada contra todo avance contra sus mandamientos, y a una derecha democrática (pero heredera de la anterior) que es incapaz de decirle a esa Iglesia que asuma, de una vez por todas, su papel histórico contemporáneo. Predicar lo que quiera, aceptando que muchos no piensan así sino todo lo contrario y que debe respetarlos para ser a su vez respetada por ellos. Un gay (y muchas mujeres) puede con razón decir que no respeta a Rouco ni a la Conferencia Episcopal porque ellos no le respetan a él. Y exactamente es así.

Insisto, la Iglesia católica -su modernización- es el mayor reto que nos queda para aceptar en paz nuestra Historia, con disgusto para unos y para otros, pero desde luego más para los no católicos (a menudo identificados como «no españoles») porque perdieron más en su decurso. ¿Qué habría que hacer? ¿Laicismo, aconfesionalidad que ya tenemos, aunque de mal grado? No importa el nombre. Necesitamos aceptar a la Iglesia católica como parte de nuestro pasado y de nuestro presente, necesitamos aceptarla y respetarla (es decir, que no haya «eclesiofobia») pero para ello es necesaria igual contrapartida. La Iglesia católica tiene que aceptar -así de claro- que bajo ningún concepto puede imponer sus normas al conjunto de la nación nunca más. Que no intervendrá en el gobierno, y que respetará toda disidencia… España sólo será católica en la medida en que lo quieran los españoles que se adhieran a esa fe. Y «ser católico» abandonará (incluso subconscientemente) su sinonimia con «ser español». Menéndez Pelayo no lo entendió, pero sus heterodoxos eran tan españoles como él.

¿Quiere ello decir que la Iglesia católica no puede predicar o enseñar su doctrina? Puede y debe hacerlo (como cualquier confesión) pero no desde el gobierno ni explícitamente contra nadie. El «pecador» ya sabrá que lo es -aunque no le importe- pero eso no debe ser un titular de nada que no sea la parroquia. Una Iglesia católica española respetada y respetante, ¿es posible en este arriscado país con tantos siglos de doctrina católica impuesta «manu militari» o «ab ipso ferro» (el lema de la Inquisición), es posible? Muchos tenemos la tentación horrible de dudarlo, pero también sabemos que muchos y muchas darían la vida antes de volver a la sumisión del pasado. ¿Tanto miedo les da la Francia de Sarkozy a los obispos españoles? Pues sí. Francia les ha disgustado desde 1789 y no dan visos de cambio.

Digámoslo claramente, existe «eclesiofobia» porque existe «laicofobia» y mientras esta no se elimine la otra persistirá. Todos seguimos haciendo mucho daño a la normalidad de una España en verdad contemporánea. Pero ellos empezaron el ataque, y ellos deben ser los primeros en cesar. La Iglesia católica española (su jerarquía, al menos) está tremendamente anticuada y tiene un pánico cerval a perder sus antiguos privilegios -léase su influencia en el poder político- pero no hay más. La Iglesia tiene que aceptar ser una más (con peso histórico), como en Francia o en Gran Bretaña. Respetada y respetuosa, como no lo es hoy. ¿Lo lograremos? ¿Podremos ser amigos desde credos y morales diferentes? Eso es la civilización de la pluralidad, la de hoy, la estrictamente contemporánea. Los de la «Cristofobia» no lo entienden. Ellos sólo quieren «Cristolatría» a cualquier precio. Y esos tiempos han pasado ya, y España (singularmente España) ha pagado un precio altísimo por ello: en vidas, en atraso, en desprecio por quienes nos veían (Valle-Inclán «dixit») como «una caricatura de la civilización occidental». Respetar y ser respetados. Unidos y diferentes. ¿Es tan difícil? Por inverosímil que parezca, no hay duda de que la religión, católica por supuesto, sigue siendo nuestra asignatura pendiente.


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