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«ESPACIO» DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) fue siempre un gran poeta con una trayectoria brillante y audaz, que llega desde el modernismo/simbolismo de muy principios del siglo XX hasta la poesía metafísica y en prosa lírica de un final modernísimo, una evolución gigante. Otra cosa es que su persona resultara siempre un tanto conflictiva, porque tenía infundados celos de los poetas buenos que surgían (y que habían aceptado su magisterio) o porque disfrutaba hablando mal de unos y de otros, como cuando llamó a Antonio Machado “poetón aportuguesado”, no sabemos si por su aire saudadoso, o porque el apellido “Machado” tiene raíces lusas. Además, Juan Ramón estaba muchas veces doliente de neurosis o hipocondrías. No se le podía visitar (en su etapa final, en Puerto Rico) llevando loción de afeitar perfumada porque le causaba asma, me contó su amigo y exégeta Ricardo Gullón. Zenobia Camprubí, su mujer, su enfermera, su choferesa, a veces su traductora del inglés y absolutamente su devota y gran cuidadora, le contó a Gullón mil historias de las manías juanrramonianas. Por eso cuando llegó a Madrid en 1956 la noticia de la muerte de Zenobia (que sumió a Juan Ramón, pese al Premio Nobel de ese mismo año, en una crisis total, vivió ya siempre hospitalizado) Ramón Pérez de Ayala, que era inteligente e ingenioso, comentó: ¡Pobre, santa Zenobia, virgen y mártir!. Cernuda, por las dos caras tan opuestas de Juan Ramón, tituló un artículo, “Jiménez-Jekyll, Jiménez-Hyde”.  Como fuere, Juan Ramón Jiménez fue -por toda su plural trayectoria- uno de los grandes poetas del siglo XX. (Se cambió de casa, una vez en Madrid, antes de la guerra, porque la vecina de al lado tocaba el piano, y no lo soportaba. Por cierto, eso lo entiendo muy bien. La descortesía vecinal es inenarrable).

La poesía final de Juan Ramón, tiene locos -supongo que también de placer- a quienes preparan ediciones críticas, porque el poeta avanzaba, cambiaba, retocaba, creando múltiples textos en un camino fértil, novedoso y que investigaba. Y ello, dejando de lado su no escasa y también magnífica obra en prosa… Desde “Ninfeas” (1900), con un soneto/prólogo de Rubén Darío, hasta -digamos- “Animal de fondo” (otras veces “Dios deseado y deseante”) de 1949, o “Espacio” que en vida de Juan Ramón sólo se publicó en revista en 1954, hay una trayectoria tan vertiginosa y gigante como fascinadora.  Por eso está muy bien que el editor sevillano Pedro Tabernero haya publicado una elegante edición de “Espacio” con ilustraciones de Juan Gómez Macías.  Decía Octavio Paz que “Espacio” era “el más grande y complejo poema escrito en español en este siglo.” Obviamente, se refería al siglo XX. Hay muchos grandes libros (no sólo poemas) en nuestra lengua rica y en la pluralidad vasta de un siglo, pero “Espacio” cuenta entre ellos. A la postre el poema (en tres partes) comenzado en Florida en 1941 y concluso en Puerto Rico al inicio de 1954, es ante todo un rico monólogo interior, una espléndida corriente de conciencia. Eso ya lo había hecho la novela de otro modo (Joyce) pero no la poesía. Por eso de alguna manera “Espacio” inaugura el monólogo interior lírico, con la sensación bella y múltiple de que todo cabe en el poema, de que todo se puede decir, porque todo transcurre por tu interior de continuo. “Yo te busqué tu esencia. ¿Qué sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia, que no pudiera darte yo? Ya te dije al comenzar: Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. ¿Y te has de ir de mí tú, tú a integrarte a un dios, en otro dios que es éste que somos mientras tú estás en mí, como Dios?”  El poeta habla de todos consigo. Y se hace todos sin dejar de ser él, de frente al Universo, vivo y arrollador. En efecto, un gran poema. Otro grande, de verdad.


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