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ENCANTOS DEL VIEJO PARÍS

Puede que a muchos no los diga nada este nombre: Henri Calet (1904-1956). Fue un escritor francés, tardío y peculiar y un cantor de un París de barrios pobres y de gente bohemia (no el París de los grandes bulevares) digamos el mundo del que salió Edith Piaf, que tampoco se llamaba así al nacer. Como Henri Calet -su madre era belga- se llamó Raymond-Théodore Barthelness.  ¿Por qué usó pseudónimo cuando en 1935 publicó su primer libro? Probablemente porque siendo un tipo encantador y que escribía con notable fluidez, era un pinta. Un golfo, que había vivido con cierta aura dorada, el mundo de los mendigos, de los tahúres y de los anarquistas, aunque él sólo lo fuera en teoría. Su padre era tan anarquista que prefería no tener hogar, amaba a su hijo y a su mujer (que trabajaba en lo que podía) pero llegado el momento, él que vivía a salto de mata, trampeando y de sablista, la pegaba.

Henri intenta normalizar su vida, pero para quien ha vivido la pobreza y el golferío, siempre es difícil. Llega a irse un tiempo a Uruguay, porque ha robado en el Banco parisino en el que trabajaba, pero vuelve a Francia, clandestino al inicio, y le ayudan algunos literatos y editores (entre ellos Pascal Pia) porque leen un libro muy seductor donde habla de su vida airada o marginal en el París de principios del siglo XX. Ese libro que se publicó en 1935, se llama “La belle Lurette” y algunos la siguen considerando su mejor obra. Se tradujo al español hace unos años como “Viejos tiempos”. Ahora Errata Naturae acaba de publicar “El todo por el todo. París calle a calle” (primera edición 1948) donde novela un poco su vida y vuelve a pasear con decir ameno, y cierto claro optimismo, ese París bohemio que recordarían las canciones de Jacques Prevert o los libros de Eugène Dabit.  Alguien comentaba que el gran Paul Verlaine, príncipe de los poetas simbolistas -tuvo ese título- pese a vivir la bohemia y el alcoholismo, quizás hablara muy refinado. El francés es bastante dado a la jerga y en Henri Calet vemos que los conmilitones de los barrios pobres tienen un habla mala y sabrosa, aunque él evoque todo ese mundo con deliciosa donosura.  Calet no tiene una obra corta, aunque lo mejor es ese recorrido biográfico y anecdótico, por el otro París, o sea el humilde. Y nuestro autor nunca pudo curarse de su amor a los descensos: murió prematuramente de una dolencia cardíaca con 52 años, después de una vida de trampas, aventuras, fugas y muchos amores irregulares. Pero uno tiene la completa seguridad al leerlo que el hijo del anarquista, tenía pese a sus desatinos, un noble corazón de oro. La lectura de “El todo por el todo” es amena, fácil, distinta y nos lleva a un mundo que acaso creíamos conocer y que ignorábamos. El París pobre, golfo y libérrimo. ¿Existe todavía?

 


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