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En la muerte del poeta Lêdo Ivo.

Muy poco antes del verano vi por última vez a Lêdo Ivo en Madrid. Estaba mayor y caminaba despacio, pero lleno de vitalidad, con su hijo el pintor Gonçalo Ivo y con el poeta Màrcio Catunda, de la embajada de Brasil. Lêdo estaba lleno de vitalidad, le gustaba mucho España (que lamentaba haber conocido después de Francia) y deseaba hablar mejor español      –aseguraba leerlo bien- para no tener que acudir al “portuñol” en el que todos nos entendíamos. De pelo ya blanco y tez morena, no es raro que Lêdo haya muerto en Sevilla, con 88 años largos, por ese amor que he dicho. Conmigo (que le conocía hacía pocos años, a través de su primer traductor al español, el poeta mexicano Jorge Lobillo) fue tan amable como para mandarme todos sus libros y la poesía completa con cálidas dedicatorias…

Lêdo Ivo nació en Maceiò, en el estado de Alagoas, al norte del Brasil, en 1924. Ese lugar cálido y húmedo marcará profundamente su sentir poético que tiende a la profundidad y a la exuberancia. En un verso conocido, Lêdo afirma que su patria no era la lengua portuguesa, en la que escribía, sino ese clima y esos barros fluviales de su tierra. Aunque, sin duda, la poesía es lo principal de su nutrida obra, Ivo fue también novelista y ensayista, con múltiples premios en su país. Estudio en la ciudad de Refice, también al norte, donde fue a vivir en 1943. Un año más tarde publicaría su primer libro de poemas, “As imaginaçoes” que ya llamó la atención. Lêdo Ivo era considerado con Joâo Cabral de Melo Neto y Ferreira Gullar uno de los grandes poetas del Brasil moderno y de la importante “generación de 1945”. Ya en ese año, Lêdo publica su segundo libro, “Ode e elegie”.  Hombre inquieto, gustoso de saber y sentir, se marchó en 1953 a París donde vivió más de un año (más tarde escribiría el libro “Un brasileiro em París”) dedicando otro después a viajar por Europa. Hombre sencillo, inteligente, amante de las mujeres, cálido como su origen, la escritura era la patria verdadera de Lêdo Ivo. Sus libros de poemas son muchos pero el primero traducido al español (por Jorge Lobillo, en México) fue “Las pistas” en 1986. Ese año Lêdo había sido elegido miembro de número de la Academia Brasileira de Letras, con sede en Río de Janeiro, donde ahora vivía.

En 1989, otro poeta Amador Palacios ,tradujo ya en España, “La moneda perdida”. Me doy cuenta que todos sus traductores , que iban creciendo, son poetas. En 2009, Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre traducen una amplia antología, “La aldea de sal”. En 2010 “Rumor nocturno” y en 2011 (estaba en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, como “Poeta en Residencia”) “Calima”. También se ha traducido, en América y en España, su excelente libro “Requiem” (2009) que es un solo poema amplio. Por él mereció, en 2010, junto a Antonio Gamoneda, el premio “Rosalía de Castro”. Junto a tanta y tan rica producción poética, no se pueden olvidar novelas como “As alianças” (la primera) o sus dos excelentes tomos de memorias –que yo sepa no traducidos aún- “Confissôes de um poeta” (1979) y “O aluno relapso” (1981), que obtuvo un importante premio en Brasil, donde ahora Lêdo era considerado una de las primeras figuras de sus letras. Y, por cierto, un poeta absolutamente universal. A España Lêdo -tan tierno, tan fuerte, tan íntimo- nos llegó algo tarde, pero con enorme intensidad y el amor verdadero que  repetía sentir por nuestro país, sus gentes y su poesía –añadía con picardía, “mejor que la francesa”- ha sido ratificado ( otros dirían coronado) por esta inesperada muerte en Sevilla. Parece que había declarado que le gustaría cruzar el Guadalquivir andando. Poeta de tierra húmeda.

 


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