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En la muerte de Manuel Álvarez Ortega (1923-2014)

Nunca me podré olvidar de Manolo Álvarez Ortega, veterinario militar, prematuramente jubilado, que pasaba las tardes en el Café Gijón de Madrid sólo con un café (pecaba algo de tacaño) espiando a las estudiantes guapas y charlando con los poetas jóvenes -1971, 1972- que íbamos a verle… Manuel (nacido en Córdoba en abril de 1923,  siempre mantuvo el fuerte acento cordobés) era un caso excepcional y dual de hombre un tanto tosco y de fácil mal genio –tenía un alto orgullo- mezclado con un poeta esteticista, de cuño irracional, amante de los largos versículos suntuosos, un poco como Saint-John Perse al que tradujo al español… (Claro que el libro de Perse “Exile” lo tituló “Destierro”, porque Manuel tenía su propio “Exilio” de 1955, uno de sus libros más significativos, y que él juzgaba muy otra cosa que el francés.) En aquellos primeros 70 defendía a los poetas que éramos de estética “novísima” (aquí Marcos Barnatán, Antonio Colinas, Jaime Siles o yo mismo) de toda la grey de poetas sociales o confesionales que llenaban el café y a los que él denostaba como “manchegos”. Eladio Cabañero -buen poeta de Tomelloso- le dijo una tarde a Manuel –debe pronunciarse “Manué”- “Porque, vamos a ver, ¿qué son esos amiguitos tuyos, Manolo? Una panda de venecianos, nada más”. Viejo prestigio estético de Venecia.  A lo que “Manué” replicó: ¿Y tú, qué eres tú, vamos a ver? Pues nada, un manchego”. Con intención o sin ella, la polémica manchegos versus venecianos estaba servida.  Aquellos amigos queríamos de veras a Manuel y nunca olvidamos su gesto. Por eso en 2001 y 2002 (él ya relativamente retirado) firmamos un papel pidiendole el Premio Nobel  (no se hubiera conformado con menos) aunque sabíamos que aquello sonaba a imposible. Porque además Manolo –como su hermano pintor, Rafael, fallecido hace pocos años- terminaba regañando con casi todos por cosas de nada. Manuel era un genio metido en un eterno provinciano cosmopolita que había estado en las remontas del Marruecos español…

Manuel Álvarez Ortega (que antes que Sanidad Militar estudió magisterio) publicó aún en Córdoba su primer libro en 1948, “La huella de las cosas”. Contemporáneo del grupo “Cántico”, lo respetó pero nunca quiso saber nada, decía. Su obra poética hasta “Adviento” de 2007, que yo sepa su último libro, es literalmente enorme, y seguro que habrá inéditos porque él aseguraba publicar sus libros, años después de haberlos escrito. Me temo que, en estos últimos tiempos, ha estado olvidado injustamente, aunque él no hiciera nada para remediarlo, como sabe el pintor José Lucas, buen amigo de Manuel muchos años, pero con quien también salió tarifando. El caso es que la gran obra poética de Manuel (“Hombre de otro tiempo”, “Invención de la muerte” –accesit del Adonais- “Fiel infiel”, “Lilia culpa”, “Génesis” o “Visitación”, entre tantos) está compuesta de muchos hermosos poemas entre el amor y el existencialismo, siempre en alzada voz estética, pero sin apenas evolución interior. Sus libros se terminan pareciendo mucho entre sí y ese es el mayor “pero” que se le puede poner. Pero es buena poesía, que siguió muy poco los dictados de la época.   En 1961 fue a París con una Beca March, y allí afianzó su gusto por la poesía francesa surrealista y postsurrealista, de donde surgió uno de sus hitos como traductor, el amplio tomo bilingüe “Poesía francesa contemporánea” publicado por Taurus en 1967. Un clásico.

“Manué”, pese a las limitaciones que no veía, hubiera sido más sin su mal genio. Decía a quien fuera las verdades del barquero, sin guardar la normal hipocresía de los gremios. Y aunque su mundo fue aquel perdido Café Gijón, protestaba: “Ayer estuvo Cela por aquí y todos estos paletos iban detrás  para que les firmara La Colmena. Yo nada, yo sin inmutarme, aquí en mi rincón, leyendo a Faulkner”.  Umbral también le apreciaba, aunque seguro que Manolo a él algo menos. Todo un carácter, que hubiese dicho Baroja. Debió estar muy solo los siempre tristes últimos tiempos. Ha muerto en Madrid, con 91 años. Una leyenda.


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