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En la muerte de Claudio Bravo

Hombre afable, no exento (al menos un tiempo) de una clara veta mundana, que parece abocó después al retiro o a una vida muy íntima y secreta, de trazos regulares en su faz, en ocasiones con barba leve y bastante dado a autorretratarse, el chileno Claudio Bravo ha sido uno de los grandes pintores hiperrealistas del siglo XX -el pintor chileno más famoso después de Matta- y uno de los que nunca dejó la figuración pese a la moda del abstracto en los años 60… Nacido en Valparaíso el 8 de noviembre de 1936, Bravo (que estudió en un colegio religioso) fue desde su adolescencia, en Santiago, una suerte de «niño prodigio». En 1954 hizo ya su primera exposición individual de pintura, se dedicó un tiempo al ballet profesional y hasta publicó además un libro de poemas, todo bajo la dirección de su maestro Luis Oyarzún. Pero el camino de Bravo era la pintura que estudió minuciosamente empapándose de Velázquez, de Zurbarán o de Caravaggio -sus grandes modelos, del desnudo al bodegón- a los que dará un sesgo marcadamente contemporáneo… Homosexual que no lo ocultaba en su pintura ( ni en su vida privada) en 1960 Bravo deja Chile y llega a París y Barcelona. Pero, ya en 1961, está instalado en Madrid y en el Barrio de Salamanca. De ahí saldrá su fama de exquisito pintor y de cosmopolita hombre de mundo que en 1968 rechazó hacer los retratos del dictador filipino Ferdinand Marcos y de su esposa. En 1972 deja Madrid por Tánger y ayuda al ya declinante mito de la antigua ciudad internacional, comprándose allí una gran casa antigua que pinta enteramente de blanco y que llenará de obras de arte propias y ajenas.  A pesar de sus autorretratos, bodegones, o objetos minuciosamente pintados    (como unas babuchas)  ya dije en mi libro «Héroes, atletas, amantes. Historia esencial del desnudo masculino» que es ese cuerpo de varón joven, en desnudos diversos, en torsos atléticos o en bellas cabezas, una de las partes esenciales de su pintar realista, teñido de una suave metafísica y de un clasicismo renovado, que a veces está cerca de lo mejor del americano Paul Cadmus. La «Bacanal» de Bravo -1981- es el traslado directo de un tema renacentista a un mundo actual. Como su «San Sebastián» o su «Cristo yacente», o tantos retratos o desnudos de chicos marroquíes , así «En la Kasbah» de 2002 con jóvenes futbolistas en un vestuario…  El ángel caravaggesco que sobrevuela la escena de su «Pintando una pared» (1994), es el desnudo que engarza tradición y contemporaneidad. Yo estuve varias veces con él en Tánger en los finales 80 y primeros 90 y (entre otras cosas) le gustaba mucho recordar su deuda con el Museo del Prado  («Todo se lo debo al Prado»). En 1970 hizo su primera exposición individual en la Galería Staempfli de Nueva York. Pero en los años que yo le conocí no siempre estaba en Tánger, iba mucho a Manhattan y hasta decían que en sus ocasionales vueltas a Chile se había comprado una finca en la Patagonia. Con la leyenda y el ocultamiento de un clásico vivo, algo tentado por la invisibilidad, en el año 2000, Claudio Bravo hizo donación al Museo del Prado de diecinueve estatuas y bustos romanos de su colección particular. En ese año los Reyes de España le impusieron la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio…

Parece que Bravo había vuelto a Marruecos, otra vez, donde intentaba curarse una epilepsia que le habían diagnosticado hace algo más de un año. De su obra ha dicho el escritor marroquí Tahar  Ben Jelloun: «es un perfeccionista  aun sabiendo que la perfección es mal asunto, porque necesita dar a sentir que la mano es humana y no mecánica.». En Claudio Bravo se notaba. Ha muerto el pasado sábado en Taroudant ( al sur de Marruecos) de un ataque epiléptico con 74 años. Pintor de excelencia.


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