Decadencias
Eloísa y Abelardo, pasión y razón.
Para los románticos (que pintaron abundantemente el tema) la pasión de Abelardo y Eloísa, su alumna, fue una de las más ardorosas de la Alta Edad Media. Famoso profesor y lógico en las escuelas de París, donde los estudiantes le aclaman -estamos a comienzos del siglo XII- el canónigo Fulberto le pide que enseñe privadamente a su sobrina Eloísa, una jovencita muy bella e inteligente. Ambos se enamoran, son arrebatados por la pasión y Abelardo rapta a Eloísa que está embarazada. Aunque parece que pueden llegar a las paces con la familia de ella casándose (lo que ella rechaza porque ama con lo que enseguida se llamaría “amor cortés”) al fin vuelven a París, ella es enviada a una abadía y él castrado salvajemente una noche en una ilegal venganza. El hijo se llamó Pedro Astrolabio, pues era fruto de dos intelectuales y Abelardo y Eloísa siguieron escribiéndose. Sus cartas de amor (en latín) y la más que curiosa autobiografía de Abelardo, “Historia calamitatum”, escrita en forma de epístola y como consolación a un amigo, es lo que ha hecho universalmente famosos a esta pareja de ardientes y desdichados amantes doctos que, desde 1817, comparten una tumba neogótica en el Père Lachaise de París… Pero con ser mucho, esta no-leyenda, esta llameante verdad, es lo menos sustancial de la historia de Pedro Abelardo o Petrus Abelardus, nacido en Le Pallet, en Bretaña, en 1079, y muerto en la abadía de Châlons en 1142. Vanidoso, enormemente inteligente, deseoso de llevar la lógica aristotélica a los estudios de teología, escribe libros en las dos ramas que se convierten en hitos adelantados a su tiempo y que le generan mil pendencias y discusiones. Pedro Abelardo es el origen de lo que será la escolástica. Algunas de sus obras como “Sic et non” (Sí y no) estudiando las contradicciones lógicas de 158 cuestiones es un auténtico monumento del género, como su tratado “De unitate et trinitate divina” (quemado en más de una ocasión) otro pilar para la unión de lógica y fe a la hora de estudiar los misterios de la fe católica…
Abelardo fue un hombre muy adelantado a su época, tanto que pensó en huir a tierra de gentiles para que lo dejaran en paz enemigos tan poderosos como Bernardo de Claraval ( futuro S. Bernardo) o Norberto, el fundador de los premonstratenses… Fundó su propia escuela, El Paráclito, que no es sino el Espíritu Santo enviado a los fieles. Allí discutió de lógica, dialéctica y teología, antes de convertirlo en abadía de la que Eloísa debiera ser abadesa. Pero además Pedro Abelardo escribió poemas en latín dedicados o su hijo o -antes- canciones lúdicas o goliárdicas iniciando ese famoso movimiento medieval de clérigos (estudiantes) licenciosos y rebeldes, porque a Abelardo le llamaron los estudiantes que le adoraban “Golías” o “Golía” nombre de dificil étimo (¿el gigante Goliat de la Biblia?) pero que, indudablemente, celebraba a un personaje superior a lo normal, inteligente, bebedor, tahúr, culto y lascivo… Es pena que un personaje de tanto fuste intelectual haya quedado sólo en una historia de amor malparada y romántica. Para los interesados dos libros, el clásico de Régine Pernoud “Eloísa y Abelardo” recién reeditado por El Acantilado. Y mi libro (reeditado por Renacimiento) “Dados, amor y clérigos”, donde se cuenta quiénes fueron los goliardos, y cómo la alta cultura convive bien con el placer de sentidos e inteligencia. Buen verano.
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