Elisabeth de Austria-Hungría. (Poema inédito)
En el grabado no es la que dices… Quizá. Ahí es una dama vestida de
negro que viaja sin cesar, de incógnito además, tratando de olvidar
que no amaba el mundo y que su hijo Rodolfo se suicidó en Mayerling…
Claro, está el cuadro de Winterhalter (pintor de reinas lujosas) donde
la emperatriz de Austria y reina de Hungría no sólo es hermosa y joven
sino que viste de gala, y el complicado moño y las sedas u organza
del vestido van cuajados de diamantes. Es un retrato imperial, que
-ciertamente- cuadraba a sus muchos títulos y a su belleza, pero no
a la íntima mujer que buscaba huir, amaba la soledad, y se dejaba atar
en la cubierta de su barco para gozar de las tempestades… La enamorada
de la “Odisea” y de la lírica de Heine, obsesa por la dietética y la forma
pero angustiada por la vida, hubiera parecido entonces una gran
excéntrica, de no haber sido emperatriz… ¿No? La mató un anarquista
italiano en Ginebra, tan silenciosamente (con un finísimo estilete hundido
en el corazón) que ni ella se percató hasta estar en el barco, casi muerta
ya, ni la condesa húngara que la acompañaba. El juez le dijo a Luigi
Lucheni, que por supuesto, era culpable: “Ha dado usted muerte a una
desesperada.” Lo era. Además la enterraron en Viena, en la Cripta de los
Capuchinos (como a todos los emperadores y consortes) y no en el blanco
“Achileion”, su palacio en Corfú, donde esperaba el sol de la Grecia
antigua y de la nueva. Su hermana murió en un incendio, su primo
(el famoso Luis de Baviera) se suicidó desequilibrado, su hijo también
buscó la muerte propia, su cuñado Maximiliano fue fusilado en México…
Dirás que quizá cuenta tanta desgracia el destino vacío e injusto de
muchos reyes y augustos personajes, todo oropel, todo fundido en negro.
Y no pocos te darán la razón abominando a esta gente, entre la que
esta mujer huidiza, espiritualizada como una Dickinson más hermosa,
apenas se sintió a gusto. Creía que el espíritu volaría como una gaviota,
sobre el gran mar, para huir de rocas y cadenas y amar a otros espíritus,
y si no era así (si la gaviota es sueño) recibiría la paz de la nada que
no puede ser sino una calma gigantesca, ártica. La pura paz silente.
(“El Reino de quienes se Salvaron/ habría de ser el Arte –de Salvar-/
mediante el Oficio en ellos aprendido-/ la Ciencia de la Sepultura.”)
La realeza y la belleza aquí sólo realzan el drama. Un drama al que
llegan los que aman la idealidad, tan solo. El mundo no es nuestra
tierra. Esta vida tampoco es la nuestra. “Busco sólo una vida que
dejé./ ¿Seguirá por aquí?”. Donde sea, no importa, pero es otra parte…
Por eso Romy Schneider volvió a ser ella, desolada, al final de su vida,
preciosa y cuajada de tristeza y desesperanza… Eso vale el ejemplo
y esta estampa tuya con la dama de negro: Nos engañaron. Todos
vivimos engañados y sucios y a muchos, además, los daña la miseria.
¿Cómo no pedir el estilete de Lucheni? Engañados, sí. Como ella…
¿Te gustó el artículo?
¿Te gusta la página?