El “terrible” laicismo.
(Este artículo se publica hoy en todos los periódicos del grupo Promecal).
En España hay muchos católicos empecinados (de modo arcaico) en ver al laicismo
como una suerte de demonio lagopo montado en un corcel infernal. Temo que el Gobierno del PP –y lo siento- forma parte del grupo. Dice el DRAE: “Laicismo: Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Cito por autoridad, pero se puede expresar más fácil: El laico respeta cualquier religión y su práctica, todas le parecen buenas si estimulan el bien del hombre, pero entiende que los gobiernos no se rigen por religión ninguna, las respetan todas, pero se guían por una ética humanista, liberal y civil. El gobierno no puede legislar como católico (cual ha hecho el señor Gallardón, tenazmente equivocado) cuando legisla para millones de personas que no somos católicos. Porque en España no sólo hay católicos, sino evangélicos –más cada vez- agnósticos, musulmanes, budistas y recalcitrantes ateos. Yo no soy ateo pero tampoco católico. Gobernar pues siguiendo una doctrina religiosa (la que fuere) es gobernar sólo para unos y denostar, arrinconar o humillar a todos los demás. ¿Qué simpatía puede tener un agnóstico, digamos, hacia un gobierno que lo deja a un lado y se arrodilla ante la Conferencia episcopal española, tenida por una de las más retrógradas del orbe católico, empezando por su cabeza, el cardenal Rouco? Ese gobierno concitará la antipatía de muchos y el rechazo de muchos más.
Sabemos que la religión ha sido un viejo motivo de conflicto en la vida española, desde las hogueras de la Inquisición (que no fueron un sueño) hasta la Guerra civil. Dejemos pues que cada religión aconseje a sus fieles lo que quiera, pero que el Gobierno esté por encima de todas, pues eso pide hoy no sólo la modernidad sino la pluralidad que importa tanto. Tener miedo al laicismo es absurdo, porque el laicismo deja libertad a todos los credos. Son los católicos (y algún ministro) quien se vuelve más papista que el Papa, cuando la tan invocada Constitución declara a nuestro actual Estado “aconfesional”, que acaso sea más duro que “laico”. Claramente: el laicismo es manso, tolerante, afable. No está en contra de ninguna religión, sino de que se gobierne en nombre de una, la que sea. Lo ideal sería que un jefe de gobierno católico firme una ley que deje obrar libremente a la conciencia de cada cual. ¿Queremos ser como el Egipto actual? Laicismo es humana bondad.
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