El querido Antinoo.
No sabemos con certeza si Antinoo fue un esclavo o un muchacho bitinio a quien el emperador –de origen hispánico- Adriano (73-138) halló en alguno de sus múltiples viajes por el Imperio romano. Lo cierto es que Antinoo (aunque pronto rodeado de leyendas) fue un personaje real, un chico de gran belleza que, unos tres años, fue amante y compañero del emperador. Amante de la cultura griega, Adriano volvió a hacer verdad aquella relación doria “erasta”-“erómeno”, tan visible, por ejemplo, en algunos diálogos de Platón. Sabemos que con 20 años, Antinoo se ahogó en el río Nilo. Pudo haber sido un accidente, otros sugieren que se trataba de una suerte de sacrificio ritual: el amado se suicida o se deja morir como ofrenda a los dioses, en favor de la salud y bienestar de su amante. Como sea, la muerte prematura de Antinoo dejó desolado a Adriano, que divinizó su amor, llenando el Imperio de estatuas varias del bitinio, dedicándole una ciudad en Egipto, a la altura del lugar de su muerte –Antinópolis- y construyendo en la gran “Villa Adriana”, junto a Tívoli, no muy lejos de Roma (una villa de recreo que resumía las grandezas del Imperio) un mausoleo –el Antinoeium- excavado recientemente.
Quizá por ello la Villa Adriana acaba de dedicar una exposición a Antinoo (también un icono gay) con el nombre “Antinoo, la fascinación de la belleza”. En la muestra se exhiben joyas con la efigie –generalmente el perfil- del bitinio, y multitud de estatuas, llegadas de muchas partes de Italia, aunque como dije hay Antinoos por todo el antiguo Imperio de Roma. La primera parte muestra las estatuas, más sencillas y con el amado de aire más joven, que se suponen hechas cuando Antinoo vivía aún. Así el delicado busto en mármol muy blanco, procedente del palacio Altemps de Roma. La segunda parte (la exposición permite además darse una vuelta por el esplendor de la Villa Adriana) recoge una más amplia colección de estutuas, bustos o de cuerpo entero, hechas tras la muerte del favorito, y en las que Adriano pidió que se le asimilara a muchos dioses del panteón romano. Así hallamos a Antinoo, en mármol o bronce, con aspecto de Apolo, de Dioniso o de Osiris. A este último la mitología egipcia, entre otras cosas, también le atribuía una muerte en el Nilo, antes de devenir inmortal. Vemos a un Antinoo insistente y variadamente divinizado, como gloria al Amor. Pero es inevitable que veamos también y acaso de modo principal, no solamente un monumento inmenso a la pasión efébica, sino una divinización de la belleza juvenil masculina, tal como la entendieron griegos y romanos, desde Fidias hasta Praxiteles. El joven –diría Luis Cernuda- como “encarnación de las gracias del mundo”.
La última parte de la curiosa y singular exposición (algo más breve, se podría hallar mucho más material) presenta la fama póstuma de Antinoo, desde la Ilustración, donde destaca un lienzo de Agostino Penna, del siglo XVIII, que es un bello retrato del bitinio, realizado a partir de su abundante estatuaria. Con todo, en esta parte, los organizadores se han quedado cortos, pues hay no pocos Antinoos contemporáneos. Una tienda de moda joven y sofisticada de Madrid se llama “Antinoo” y “Antinous” (manteniendo la transcripción griega) es el nombre de la librería gay de Barcelona. Directa o simbólicamente el culto al amado de Adriano no ha concluido. Y uno recuerda la segunda égloga de Virgilio: “Formosum pastor Corydon ardebat Alexim”.
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