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Decadencias

El Fortuny de Venecia

Para algunos sería uno de los últimos grandes europeos. De una Europa que sólo  superficialmente conocía las modas norteamericanas, que a veces han hecho bien y a menudo mucho daño… Mariano Fortuny y Madrazo (1871-1949) pertenecía a la gran aristocracia cultural de Europa, pues era hijo de uno de los grandes pintores europeos de la centuria, el español Mariano Fortuny y Marsal (el autor de “La vicaría”)  que murió en Roma con sólo 36 años y de Cecilia de Madrazo, hija de otro gran pintor español, Federico de Madrazo, que fue director del Museo del Prado y hermana del no menos notorio, pero afrancesado, Raimundo de Madrazo. Mariano Fortuny –nos referiremos en adelante al hijo- nació en Granada, vivió con su madre en París y luego –y  en adelante- en un palacio de Venecia, la ciudad decadente en la que había muerto su admirado Wagner y donde había escrito su última gran obra, casi sacra, “Parsifal”. Mariano Fortuny nació el mismo año que Marcel Proust (que hablará de él y de los trajes que diseñaba en su gran novela) y morirá  -aunque enterrado junto a su padre en Roma- el mismo año del suicidio de Klaus Mann, otro hijo famoso…

Mariano Fortuny (junto a Rogelio de Egusquiza, santanderino) fue en su juventud uno de los grandes pintores “wagnerianos” españoles, siguiendo una moda que triunfó en Europa, unida al simbolismo. Pero nuestro Fortuny (que quería sacudirse la sombra demasiado augusta del padre) enseguida entendió la vocación wagneriana hacia un “arte total”, no sólo como pintura o música. En su gran época – la “Belle-époque”- Mariano Fortuny pintó, hizo decorados para los modernos “ballets rusos” de Diaghilev, y diseñó trajes femeninos, en suntuosas telas, basados en las estatuas griegas antiguas.  De ahí  el famoso modelo “Delphos” que encandiló a las damas del momento, y su amistad con mujeres célebres  que podían ir desde Eleonora Duse, la trágica, hasta la excéntrica y original bailarina Isadora Duncan. Hombre de teatro (vestuarios, decorados), diseñador de objetos, pintor mucho más que notable, Mariano Fortuny, desde su palacio veneciano (el palazzo Orphei, hoy visitable) puso en marcha una industria textil, pareja a los refinamientos anteriores de William Morris, y se relacionó con lo más prestigioso de la sociedad del momento, refinada y a menudo rica. Con razón me dirán: ¡Qué lejos de ahora! ¿No? Desde luego, hoy la sociedad rica, mayoritariamente, sólo conoce el arte como mercancía cotizable y ha olvidado por entero lo que era un mecenas. Pero entonces glamour, dinero y alta cultura aún iban del brazo, y Mariano Fortuny fue el gran testigo. Lo cuenta bien el libro de dos periodistas,  Fernando López Agudín y Mara Malibrán que ha editado           – bien- La Esfera de los Libros: “Fortuny. El último aristócrata de Venecia”. Hablan de una aristocracia en parte cultural que le permitía a una decaída musa, Misia Sert, escribir poco después de la Guerra a una amiga, que atravesaba uno de los peores momentos de su vida, pero que se verían en el Ritz. ¿Qué? Claro, las cuentas eran para Nancy Cunnard o Peggy Guggenheim. ¡Qué tiempos! ¡Qué pena! Lean, amigos.


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