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Decadencias

“El Dios de madera”, cine de autor

La gente de mi generación éramos en general muy cinéfilos y la mayoría no se conformaba, a priori, sólo con ver películas y hacer críticas o escribir de cine. La mayoría (aunque no lo haya hecho) esperaba también dirigir. Como hijos de una dictadura zafia, teníamos hambre de toda posibilidad de libertad y cultura. Jean Cocteau (que pintó e hizo cine, además de escribir de todo) podía ser un modelo. Yo soy de los que he pintado –a mis horas- Vicente Molina Foix (algo mayor que yo) de los pocos que ha llegado a dirigir, tras mucho escribir crítica cinematográfica. La verdad es que para los nuevos o los que no tienen gruesos padrinazgos detrás, hacer cine –o teatro- es en España muy dificil en estos momentos. Se diría que nadie cree en los autores noveles si no es el margen, lo alternativo, el “underground”. Un escritor con ideas fílmicas o teatrales parece que en estos días feos debe mirar, ante todo, al cajón. Además de Molina Foix sólo se me ocurre otro escritor talentoso y más joven que haya hecho sus pinitos en el cine: Ray Loriga. Nuestros dos escritores-directores parecen antagónicos. La primera película de Loriga (que se adelantó) “La pistola de mi hermano” -1997- era bastante mejor que la un tanto experimental opera prima de Molina Foix, “Sagitario” de 2001. Sin embargo la ambiciosa segunda obra de Loriga, “Teresa, el cuerpo de Cristo” (2007) queda por debajo de las expectativas creadas. A Vicente le ha ocurrido al contrario, su segunda película, la recién estrenada “El dios de madera” es, con mucho, superior a la primera. Es más, diría que si no fuera porque se trata de una película de presupuesto corto y obligada por ello a cierta sencillez o escasez, “El dios de madera”, bien podría ser una película comercial. Basada en un cuento del propio escritor, “Satsuma”, escrito a mediados de los 90 y convenientemente modificado ahora, “El dios de madera” trata el tema de la inmigración en la imagen de dos hombres jóvenes, un marroquí y un senegalés, que tras peripecias de azar y huída, recalan en Valencia. Allí encuentran (cada cual por su lado) a una viuda insatisfecha –papel que borda Marisa Paredes- y al hijo de esta, un chico gay –Nao Albert, un joven actor catalán- que comparten dúplex. Naturalmente la irrupción de los inmigrantes (diferentes hábitos de cultura y vida, incluido la comida y el sexo) cambia por no decir que trastorna –para bien- las vidas distintas de madre e hijo… “El dios de madera” puede ser una película pobre de medios y en algún momento lenta, pero los actores están muy convincentes y el director (y escritor) muestra el pulso seguro al llevar al cine, en muchos momentos con emoción, una historia de transformación y vivencia de culturas distintas. Como en el famoso poema de Cavafis “Esperando a los bárbaros” (en el que los bárbaros al fin no llegan y eso es la decadencia), los inmigrantes africanos, vistos por muchos como nuevos “bárbaros”, son en realidad al menos una parte de la salvación, del cambio, que los “civilizados” estamos esperando… “El dios de madera” es una película sencilla y eficaz, que merece verse y sostenerse, en este panorama tan poco alentador para los creadores nuevos en cine y teatro. Molina me comentaba que no sabe si hará otra película. Supongo que Ray Loriga andará en similares aprietos. O comercio o cajón, parece decirse. Y sin embargo “El dios de madera” no está lejos de la emotividad taquillera.


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