El culto a la Belleza
Permítaseme una licencia: si cuando se lea este artículo la exposición del Victoria and Albert Museum de Londres titulada precisamente así “The Cult of Beuaty” ha terminado ya (lo hace el 17 de Julio) el lector no se quedará con la miel en los labios, pues muchas de las obras expuestas provienen de reconocidos museos ingleses como la propia Tate Gallery, y lo que yo pretendo no es recomendar un exposición, sino romper una lanza a favor de ese esteticismo que terminó en lo decadente y que los vanguardistas posteriores denostaron….
El llamado “Movimiento estético inglés”, del que Oscar Wilde resultó voluntario e involuntario pregonero, empieza con los primeros prerrafaelistas que fueron a menudo paisajistas (pienso en William Holman Hunt especialmente y en cuadros luminosos como “Our English Coasts” de 1852) y que enseguida se lanzaron al imaginario medieval idealizado, no falto de elementos religiosos como en un cuadro antiguo y singular de Dante Gabriel Rossetti, “Dantis Amor” (1859) que llega a aparecer como más moderno -quizá por esquemático y plano- que otros posteriores mucho más suntuosos. Es la rebelión de la Belleza contra la Era Industrial y sus evidentes feismo y miseria. Detrás están los libros de teoría estética de John Ruskin (muy bellamente escritos) y las ideas avanzadas y que entonces parecían soñadoras de William Morris, como la de poner orquestas dentro de las fábricas para que los obreros trabajaran con música y así no llegaran a embotarse sus sentidos. Esto tan factible hoy con el “hilo musical” no dejaba en 1880 de parecer una absoluta quimera…
El medievalismo esteticista dejó pasó a la paganidad, a los cultos y ritos lujuriosos del paganismo, y al igual que los libros de Ruskin fueron sustituidos por los más esmeráldicos de Walter Pater, la hermosa monja junto al estanque del convento de Charles Allston Collins (1850) fue sustituida por la opulenta “Monna Vanna” (1866) de Rossetti, por su inquietante “Beata Beatrix” (1863) -retrato de una muerta- o por el esplendor de su “Astarte Syriaca” (1877) que ya es arte decadente ( lo que así se llamó) como las hermosas y clásicas figuras de Edward Burne-Jones, tal en su “Pan and Psyche” (1874) o su “Perseus Slaying the Sea Serpent” (1877). Resultaba en esos años provocador decir que la Belleza era un valor y hasta una virtud en sí misma, pero los impresionistas continentales, el arte de Whistler, de Fortuny, de Néstor, de Dalí o de De Chirico, inicialmente, tampoco quiso decir otra cosa. Incluso una parte importante del abstracto. Es lícito que el arte tenga más metas y más ideas que la mera plasmación o interprteación de lo bello, pero si nos acercamos al “Movimiento Estético inglés”, como estamos haciendo, siempre habrá de ser para recordar -en el contexto que fuere- que buscar y plasmar lo bello (desde lo clásico a lo estrambótico) sigue siendo una de las irrenunciables metas múltiples de cualquier arte.
El hada Morgana, la mitología clásica, la muerte de Ofelia, son hitos de un origen romántico que pretenden superar el mero romanticismo. Por eso Óscar Wilde (que se convirtió en un símbolo de este esteticismo) tenía razón al definir a los prerrafaelitas: “Se llamaron a sí mismos así, no porque imitaran a los primitivos maestros italianos, sino porque en la obra de éstos, opuesta a las fáciles abstracciones de Rafael, hallaron un más vigoroso realismo de la imaginación, un más cuidadoso realismo de la técnica, una visión a un tiempo más ferviente y vívida, una individualidad más íntima e intensa”. “Intenso” fue el gran adjetivo de los esteticistas. Por lo demás sería bobamente pueril afirmar que “el culto a la Belleza” ha muerto. También nosotros habríamos muerto. Y hasta es posible…
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