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EDGARDO COZARINSKY, «DÍAS NÓMADES»

Había oído hablar de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) argentino de abuelos rusos, como de un singular personaje entre el cine y la literatura, pero creo que sólo había leído su libro “Borges y el cine”, cuando lo conocí en Buenos Aires en 2008. Yo había acudido al homenaje a mi fallecido amigo Juan José Hernández, cuando me encontré a Edgardo allá. Fue (debo decirlo) un amistoso flechazo inmediato. Nos vimos mucho esa semana larga, cambiamos libros -desde 2000, Edgardo era ya mucho más escritor que cineasta- aunque vi con él una de sus películas  más conocidas -su cine es muy underground- “Ronda de noche” de 2005, sobre la vida de un chapero rioplatense. Pero con Edgardo, en muchas noches estupendas, hablando de libros y de amigos, conocí las “milongas” porteñas, esos bailes populares, donde se bebe champán rosado local, y donde la gente -nada de turismo- acude de verdad a bailar tango, hasta muy entrada la madrugada, llevando ellas en el bolso los zapatos de alto tacón, que sólo se pondrán en el baile. Fueron varias noches estupendas y felices para los dos.

Libros además (ya he dicho) como “El rufián moldavo”, mucha intimidad sobre nuestros gustos jóvenes, con mi descubrimiento de que Edgardo es el rey de las difíciles distancias cortas. Sus libros son breves, mezclan géneros, delinean la prosa y llanamente se gozan. Aunque hace unos años que no veo a Edgardo -82 años en la actualidad- he disfrutado mucho el librito que le acaba de publicar Pre-Textos, “Días nómades” que son sabrosos apuntes de viajes, desde el París de los años 60 hasta su Odessa soñada, pasando por Tánger, Beirut, Berlín, Budapest, Nápoles o San Petersburgo. Están Argentina y España, pero incide menos porque ha estado a menudo. En Beirut se encuentra, de sorpresa, a la medio huida Maruja Torres y en Tánger, siempre vía de mi querido Emilio Sanz de Soto, conoce a la impagable, frívola, inteligente y mundana Beatriz Pendar (angloargentina) ejemplo del Tánger internacional, casada con un yanqui diplomático y amante de Eleanor Roosevelt.  A Beatriz (o Beatrix decía ella) la conocí una gran tarde, en la casa madrileña de Emilio, con Carmen Laforet, bebiendo jerez.  Imágenes sabrosas de Rodas, de Matera  o de San Petersburgo, los apuntes viajeros de Cozarinsky son en verdad deliciosos. Como escritor, Edgardo domina el arte de la brevedad, pero asimismo el de la seducción encantadora. He gozado mucho de “Días nómades” y me he llenado de nostalgia por ese Edgardo bisexual y diferente con el que tan espléndidos ratos he pasado. Acaso no pueda ser un escritor de mayorías, pero su minoría es, obvio, la más deliciosa. Descubran el subido encanto en tono menor del gran Edgardo Corarinsky y me lo van a agradecer sin duda. Edgardo es quintaesencia de literatura y quintaesencia de vida, como queda patente en su sudeste asiático. Delineada literatura de calidad y esbeltez y la idea de que (pese a todo) la vida merece siempre la pena. ¡Te espero, querido Edgardo, con nostalgia!  

 


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