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EDGAR POE Y LOS FASTOS DEL CUERVO

Para muchos el norteamericano, de una Norteamérica aún pequeña, Edgar Allan Poe (1809-1849) sigue siendo casi el iniciador y maestro indiscutible de los cuentos de horror, en piezas como “El hundimiento de la casa Usher” o “La barrica de amontillado”. Otros más, lo ligan también, con toda razón, al nacimiento del género policíaco, con un detective razonador, y quienes afinan, saben que escribió periodismo y una singular novela de aventuras, “Andanzas de Arthur Gordon Pym”. En sólo 40 años, de una vida sombría y asediada por la desdicha (se crió con padres adoptivos, los Allan) y el fallecimiento o la lejanía de liliales y jóvenes amadas imposibles, de donde salen las sutiles damitas de sus relatos y poemas, porque al fin nuestro Poe fue ante todo poeta. Un romántico que preludió temas y musicalidades del simbolismo. Publicó su primer libro de versos, “Tamerlán y otros poemas” en 1827 y el segundo, mejor y definitivo, “El Cuervo y otros poemas” en 1845. Ahí está ese “Cuervo”, tan célebre, posado sobre un busto de Palas Atenea (la sabiduría) que no cesa de angustiar con la idea de su presencia eterna al erudito/poeta contestando a sus preguntas, siempre: “Never more”, Nunca más.  

En su famoso ensayito “Filosofía de la composición”, Poe quiso hacer creer que ese poema musical, siniestro, gótico, y lleno de púrpuras plutonianas, se había escrito como quien resuelve una ecuación matemática: No había inspiración sino cálculo. Por eso fascinó a Paul Valèry. Es sabido que la poesía de Poe (tan cantarina que puede sonar fácil, véase “Annabel Lee”      -una de sus amadas- o “Las campanas” son en realidad poemas simples, pese a su magia. Muchos decretaron que la fama de Poe se debe a su temprana traducción al francés, nada menos que por Baudelaire. En español hubo muchas traducciones e incluso antiguas parciales, como la musical de una antología de sus poemas hecha por el modernista argentino Carlos Obligado. La traducción canónica sigue siendo hoy (para toda su obra) la de Julio Cortázar hecha en los pasados años 50. Ahora Nórdica Libros publica una breve e ilustrada antología de sus versos, “El silencio y otros poemas” (el Cuervo está entre ellos) bilingüe y con traducción de Antonio Rivero Taravillo, que en algunos poemas consigue un sabio equilibrio entre mantener la musicalidad y ser lo fiel al original en lo básico: “Las campanas”, “El Cuervo” o “Para Helena” son excelentes ejemplos de poemas muy conocidos. Pero Poe contribuyó al mito romántico y maldito, no sólo por sus temas desolados y abisales, sino por una vida de total dipsómano, sus frecuentes crisis de terror y angustia, y el final solitario en un hospital de Baltimore, vencido ya por todas las terribles hadas verdes. “Y la nube que adoptó la forma,/ cuando el resto del cielo estaba azul,/ de un demonio ante mis ojos.”  Aunque en Norteamérica, Poe es acaso aún un escritor europeo. Lo puro americano llegará con Whitman. Pero Poe fue la sensibilidad y el talento de la desolación absoluta.


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