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DICENTA, “JUAN JOSÉ” Y LA PROTESTA SOCIAL

Para la gente de mi generación, los que llegamos a la Universidad (una Universidad mucho mejor que la de ahora) hacia 1968, apenas después de “mayo francés”, el constructo “poesía social” estaba tan vivo como, literariamente, devaluado. Hacía falta luchar por las libertades, pero “lo social” -literariamente- había devenido un mero panfleto. Incluso se citaba poco al gran Blas de Otero o al Antonio Machado comprometido, sino era por las cancioncillas breves de Serrat. Los dioses merecidos eran Miguel Hernández (el segundo héroe republicano de la horrible guerra civil) y Gabriel Celaya, un tipo cordialísimo, al que conocí muy poco después, ambos cantados también por el hoy muy envejecido Paco Ibáñez. La poesía se movía mucho en la voz de los cantautores: ¡Pena que no surgiera de inmediato Allen Ginsberg entre nosotros!. Recitaba espléndidamente…

Muchos ignoraban (y temo sigan ignorando) que ni la poesía social ni la literatura comprometida eran, en absoluto, novedades. En los años 20 ya se puso de moda la literatura “engagée” -comprometida- que pudo tener hasta ribetes surrealistas, y donde estuvieron, en no pocos momentos (por citar nombres muy evidentes) Rafael Alberti, Pablo Neruda o aún más alto, el gran Vallejo. Pero la conciencia o la escritura social, de protesta contra la explotación del débil y el orden burgués, venía aún de antes (y por ceñirme a España) muy nítidamente desde fines del siglo XIX, entreverada esa protesta con la literatura nueva esteticista y decadente.  Nuestro gran prohombre de ese momento -al que estamos rescatando ahora- fue Joaquín Dicenta (1862-1917). Dicenta , de familia alicantina  y en Alicante murió, nació de paso en Calatayud, así es que algo de aragonés tuvo. Hizo su carrera de autor prolífico, articulista, dramaturgo y novelista en Madrid con resonante éxito, en general, y una leyenda -en buena medida cierta- de hombre muy apasionado, aventurero, voluptuoso y dado al alcohol y a las hembras. Dicen que murió alcoholizado y como ateo confeso que era, fue enterrado (pequeña sino gran paradoja) en el cementerio civil de Alicante, que se llamaba de “San Blas”. Republicano y convencido de que había que defender a los explotados, Dicenta fue concejal unos años -desde 1909 y por Latina- en el Ayuntamiento de Madrid y muy pronto -desde 1897- había dirigido una revista semanal de claro tinte reivindicador, los primeros tiempos de “Germinal”, cuna de naturalismo.  En un artículo de principios de siglo, Dicenta -que a menudo está tentado por un modernismo socialista- escribe: “por las calles llenas de hombres y vacías de humanidad.” Muy pronto obtiene un gran éxito teatral con el drama social, “Juan José” (1895) que más tarde incluso convirtió en novela, y que sigue siendo su obra de referencia. Aunque tenga otras no menos notables como “Aurora” (1902) o antes incluso la zarzuela “Curro Vargas” (1898).  Pero para otros, algo de lo mejor de Joaquín Dicenta está en sus muy notables artículos, a menudo recogidos luego en libro, como el que acaba de reeditar Renacimiento (con introducción de José Ramón  Trujillo) “Espumas y plomo” -excelente título- subtitulado “Cartas sin sobre y otras crónicas sociales”.  Los artículos que tratan sobre las espantosas condiciones de los mineros en Linares o en Almadén, resultan escalofriantes, pese a que se nos diga que lo que se pinta y comenta, no es en absoluto, lo peor de lo que se puede ver en aquellos lugares de enfermedad y miseria.  “Espumas y plomo” se editó por vez primera en 1903 y abre una línea, desdichadamente fértil, que incluye otro volumen notable, al menos, como “Los de abajo” de 1913.  Además hay un excelente libro de viajes, “Por Bretaña” (1910) que tampoco esconde el compromiso.  En uno de los artículos de estos libros, escribe Dicenta: “Al cabo de diecinueve siglos de emplearse como panacea, la caridad, que sería una virtud sublime, sino fuera una virtud perfectamente inútil, ha hecho bancarrota”. Él es quien exige Justicia, como solución, y no Caridad, que parece arreglar, cuando hurga en la llaga.  La parte primera del libro, la que respondería a “Espumas”, relata su viaje naval de Barcelona a Canarias, si algo más amable, no menos denunciador y sin embargo escrito siempre en una muy cuidada prosa (hasta con sesgos preciosistas) que nunca podría tildarse de llana o panfletaria.  No, la “literatura social o comprometida” no empieza con quienes se oponían al final y ya decaído franquismo, pues tiene en nuestras letras una trayectoria muy rica. Hasta Cernuda ensayó ese tipo de compromiso con un poema titulado “Vientres sentados”. Por lo demás, Joaquín Dicenta por doble vía -se casó dos veces- es el origen de toda la saga de escritores y actores de su apellido, que llegan hasta hoy mismo. Pero él es  dovela, maestro y origen. Dicenta.


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