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Decadencias

Dennis Cooper, el transgresor

Es amigo de Gust Van Sant y de él habló bien el poco hablador William S. Burroughs. Dennis Cooper (que ahora tiene 54 años) llevaba hace poco un «blog» muy visitado en la red. Un «blog» literario -quizás esté demasiado de moda- pero con imágenes muy crudas, aunque fueran de estudio: Muchos adolescentes, siempre delgados y altos, haciendo sexo y sadomasoquismo. Supongo que la policía interna de Internet -involuntaria aliteración, pues ignoro su nombre- clausuró las imágenes del «blog» de Cooper que aún se puede leer pero sin ilustraciones.

Toda su obra (poesía y últimamente novela) trata de la vida marginal u oscura de viciosos o aburridos muchachitos yanquis que se lo montan en plan gay, pero entre güisqui, «pasta», droga, y múltiples formas de sexo duro, incluido el «fist fucking». Sí, la literatura de Cooper es seca, dura y muy efectiva, pues convierte esa sequedad, su concisión coloquial, en una suerte de lirismo nihilista. Si le creemos el Imperio (las tripas del Imperio) están podridas. Pero es probable que él -que en algún modo actúa como narrador lejano, casi aséptico- sienta ese vértigo del necesario llegar más lejos. Así es también su última novela por ahora «Chaperos» que acaba de editar «el tercer nombre» de Madrid en traducción cuidada de Juan Bonilla. No espere el lector, claro, que Cooper hable de chaperos normales y corrientes. Habla de uno delgado y rubito, que parece menor (aunque no lo sea) y con el que se hacen y se deja hacer -en realidad todo es voluntariamente confuso y morboso- multitud de sevicias sexuales. Estamos en los lindes de lo humano, de lo sotádico y de lo juvenil como juerga marginal para sacar plata, en realidad en una historia de amor en los márgenes, entre un chapero y un cliente, que ocurre -y esta es la enorme novedad formal de la novela- en un «chat» especializado, donde los participantes intercambian información sobre sus experiencias, pero naturalmente pueden mentir, porque casi nunca se conocen entre sí, aunque en este caso todos vivan en California. Internet está ya así en el corazón de la novela. Estructura internaútica: me parece que poco tan novedoso y sabiamente ejecutado.

Pero para la mayoría el nuevo impacto de Cooper (maldecido por gays y antigays) no será la novedad estructural de su relato afilado y rápido, sino ese mundo que ni siquiera es el del «vicio» habitual, sino el del absoluto submundo: látigos, penetraciones sin preservativo, coprofilia, urofilia, sadomasoquismo vario, y siempre con adolescentes a poder ser delgados que consienten, que incluso parecen pasarlo muy bien, siempre en los límites de la recta, que pueden llegar a traspasarse, pues también se habla (faltaría más) de «snuff» y muerte asumida. ¿Opina Cooper, juzga? Ya dije que no. Se limita a ir lejos, a llevar el texto hasta esa lejanía que no es mentira. Y parece evidente que surja la vieja pregunta: ¿se debe ir tan allá? Dennis Cooper no escribe sin duda para paladares remilgados. Puede no gustar, puede ser rechazado, pero también tiene mucho éxito. Ir hasta donde vaya la vida y la mente. La ley juzga, la literatura muestra. Por eso deben ambas usar de mucha libertad, porque la vida no se conforma (es rebelde) y tampoco se puede conformar el arte. Aunque las llantas rechinen, aún echando chispas.


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